Chrix
Poeta que considera el portal su segunda casa
Buscaste respuestas debajo de piedras,
Ceniceros drogados en nicotina Y borra de café,
Tus rodillas prendieron velas en tus manos,
Crujiendo teclas, esmerilando dientes
en el vaho de una ventana escribiste, ¡Por qué!
No se pudieron arrancar las palabras
De las odiosas raíces, quedo el violín,
Sin grito, cubierto en concreto y velado
En su estuche
Más no tuvieron alas las cenizas
Fue más liviano el aire que el zeppelín
De mis lamentos, que escarbó con capuchones
De lapiceras la tierra buscando el infierno,
Tragó la llave del cofre,
el hambre de tu última palabra,
Extendiste la sabana negra de silencio,
Sobre una noche blanca, de sospechosas miradas,
Los ladrillos desnudos acariciando mis nudillos
Mientras los ángulos de los bordes me gritaban,
Se saciaron con mi piel, que olió a dolor
Y se enluto con el hollín negruzco,
De mi corazón impuro de inconclusa combustión,
Entonces escribí ¡por qué!
El restallar gélido entre tu boca y la mía,
Se hizo eco bullido e infinito
No pudo contener su horma, y al despertar
Se nos rompió el amor de tanto beber de su tinta,
Y así quedaron ojos en el tendedero, sosteniendo broches,
Esperando el sol,
Para secar lágrimas, sin remisión,
Ni tú ni yo dijimos nada pero rompimos el amor!
De tanto nombrarlo
Ceniceros drogados en nicotina Y borra de café,
Tus rodillas prendieron velas en tus manos,
Crujiendo teclas, esmerilando dientes
en el vaho de una ventana escribiste, ¡Por qué!
No se pudieron arrancar las palabras
De las odiosas raíces, quedo el violín,
Sin grito, cubierto en concreto y velado
En su estuche
Más no tuvieron alas las cenizas
Fue más liviano el aire que el zeppelín
De mis lamentos, que escarbó con capuchones
De lapiceras la tierra buscando el infierno,
Tragó la llave del cofre,
el hambre de tu última palabra,
Extendiste la sabana negra de silencio,
Sobre una noche blanca, de sospechosas miradas,
Los ladrillos desnudos acariciando mis nudillos
Mientras los ángulos de los bordes me gritaban,
Se saciaron con mi piel, que olió a dolor
Y se enluto con el hollín negruzco,
De mi corazón impuro de inconclusa combustión,
Entonces escribí ¡por qué!
El restallar gélido entre tu boca y la mía,
Se hizo eco bullido e infinito
No pudo contener su horma, y al despertar
Se nos rompió el amor de tanto beber de su tinta,
Y así quedaron ojos en el tendedero, sosteniendo broches,
Esperando el sol,
Para secar lágrimas, sin remisión,
Ni tú ni yo dijimos nada pero rompimos el amor!
De tanto nombrarlo
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