Si la Navidad durara todo el año,
no habría soledad ni despedidas,
la mano hallaría siempre otra mano
y el miedo se quedaría sin salidas.
Las calles no serían sólo luces
que el viento apaga cuando pasa enero,
habría corazones que reducen
la fría indiferencia del mundo entero.
Si la Navidad viviera en la memoria,
no habría heridas que no sanen nunca,
tendríamos un pan, una victoria,
y el alma no sabría qué es la tumba.
Los niños no perderían su mirada,
ni el hombre olvidaría su ternura,
y el tiempo, que golpea y no perdona,
sería un poco menos de amargura.
Si la Navidad se hiciera cotidiana,
quizá la vida fuera más humana,
quizá doliera menos la distancia,
quizá pesara menos la esperanza.
Pero tal vez el cielo nos recuerda,
dejándola venir sólo unos días,
que amar no es fiesta… es una apuesta cierta,
un acto diario contra la apatía.
Por eso, si la Navidad nos toca,
no la dejes quedarse en la ventana:
guárdala dentro, llévala en la boca,
y haz que su luz te dure… toda el alma.
no habría soledad ni despedidas,
la mano hallaría siempre otra mano
y el miedo se quedaría sin salidas.
Las calles no serían sólo luces
que el viento apaga cuando pasa enero,
habría corazones que reducen
la fría indiferencia del mundo entero.
Si la Navidad viviera en la memoria,
no habría heridas que no sanen nunca,
tendríamos un pan, una victoria,
y el alma no sabría qué es la tumba.
Los niños no perderían su mirada,
ni el hombre olvidaría su ternura,
y el tiempo, que golpea y no perdona,
sería un poco menos de amargura.
Si la Navidad se hiciera cotidiana,
quizá la vida fuera más humana,
quizá doliera menos la distancia,
quizá pesara menos la esperanza.
Pero tal vez el cielo nos recuerda,
dejándola venir sólo unos días,
que amar no es fiesta… es una apuesta cierta,
un acto diario contra la apatía.
Por eso, si la Navidad nos toca,
no la dejes quedarse en la ventana:
guárdala dentro, llévala en la boca,
y haz que su luz te dure… toda el alma.