Son los abrazos de la canícula alas invisibles.
Mi cuerpo escribió mensajes de luz en hojas secas,
mi cuerpo sedujo a los fantasmas ateridos
con la imaginación de quien crece en la pregunta,
fue su alquimia la memoria de los veranos,
un estío que moja de sudor la cal de los portales.
Y es que siempre viven en julio el bosque y el río de la infancia,
allá en la umbría del valle,
bajo los castaños que llevan mi apellido,
el musgo húmedo de savia,
las cicatrices en los troncos con la forma de un corazón
y dos nombres entrelazados.
Son mis huesos el metal de una bicicleta,
las ruedas el vigor, el fortín,
el desafío a la vejez,
al fugaz artilugio del tiempo.
Labran el campo los campesinos viejos,
recogen la mies con ese amor infinito de los cómplices,
sudan sin mirar cómo el sol de agosto calcina su piel,
tapados sus cabellos por sombreros de paja.
Y es dura su labor y hay sed en los labios
y dolor en las corvas, y hay negritud y tiembla el sueño
al ver la nube oscura, la nube de tormenta que amenaza
como un triste jalón de la desgracia.
Pero a los niños no les importa
los niños ríen, nadan bajo el puente de este río casi seco,
juegan al fútbol o al brilé
o a las escondidas en la casa abandonada,
en el jardín asilvestrado cubierto de espinos,
de telarañas y rosas mustias.
Y llega septiembre y ya la luz se recoge como una madre cansada,
el verano es la excusa del recuerdo,
el frío enfría la raíz del trigo;
se oyen campanas de domingo,
del último domingo de un mes que invoca a las noches cortas
y a los ocres y a los hongos del robledal
y a los pájaros que callan mientras vuelan como sonámbulos
o dibujan volubles arpegios sobre un cielo infinitamente gris.
Mi cuerpo escribió mensajes de luz en hojas secas,
mi cuerpo sedujo a los fantasmas ateridos
con la imaginación de quien crece en la pregunta,
fue su alquimia la memoria de los veranos,
un estío que moja de sudor la cal de los portales.
Y es que siempre viven en julio el bosque y el río de la infancia,
allá en la umbría del valle,
bajo los castaños que llevan mi apellido,
el musgo húmedo de savia,
las cicatrices en los troncos con la forma de un corazón
y dos nombres entrelazados.
Son mis huesos el metal de una bicicleta,
las ruedas el vigor, el fortín,
el desafío a la vejez,
al fugaz artilugio del tiempo.
Labran el campo los campesinos viejos,
recogen la mies con ese amor infinito de los cómplices,
sudan sin mirar cómo el sol de agosto calcina su piel,
tapados sus cabellos por sombreros de paja.
Y es dura su labor y hay sed en los labios
y dolor en las corvas, y hay negritud y tiembla el sueño
al ver la nube oscura, la nube de tormenta que amenaza
como un triste jalón de la desgracia.
Pero a los niños no les importa
los niños ríen, nadan bajo el puente de este río casi seco,
juegan al fútbol o al brilé
o a las escondidas en la casa abandonada,
en el jardín asilvestrado cubierto de espinos,
de telarañas y rosas mustias.
Y llega septiembre y ya la luz se recoge como una madre cansada,
el verano es la excusa del recuerdo,
el frío enfría la raíz del trigo;
se oyen campanas de domingo,
del último domingo de un mes que invoca a las noches cortas
y a los ocres y a los hongos del robledal
y a los pájaros que callan mientras vuelan como sonámbulos
o dibujan volubles arpegios sobre un cielo infinitamente gris.
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