Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
(prosa lírica estilo José Aníbal)
Fui hijo sin cuna propia, huésped a largo plazo en una familia prestada donde el afecto se medía en cucharadas de silencio. No heredé más que la costumbre de callar cuando duele. Desde entonces supe que ser dueño del destino no es un derecho, es una maña: aprendí a firmar mis pasos con tinta invisible y a hablar con acentos que no eran míos, hasta hacerme mío.
A los diecisiete ya discutía con la muerte por turnos. Ella con bata blanca y yo con las ganas de seguir escribiendo aunque fuera con fiebre. Cáncer: la palabra que suena a castigo griego, a teatro sin telón. Y después… coma. El mundo en pausa, yo en coma. Meses que se borraron como si el cuerpo hubiera decidido irse de vacaciones sin avisar al alma.
Pero volví. Porque siempre vuelvo. Porque los que no tienen dónde caerse vivos tampoco tienen dónde morir tranquilos.
Rearmé mi vida como se repara un reloj sin manecillas: al tacto, al presentimiento, con piezas nuevas y un oficio que ya no huele a muerte sino a pan caliente. Cambié bisturí por palabras, camillas por cuadernos. En vez de aguantar la respiración, aprendí a gritar en silencio.
Y cuando parecía que ya no quedaban capítulos, otra caída, otro casi-adiós: me partí como se parten los versos mal escritos… y aun así, sigo moviendo el rabo. Porque el dolor, aunque insista, no es la última palabra. Ni la muerte es tan original como para detenerme.
Ahora soy el sobreviviente reincidente, el que escribe desde los márgenes del cuerpo, con ortografía de cicatriz y sintaxis de milagro. Y si me preguntas quién soy:
soy el que volvió
cuando no debía.
El que escribe
para no olvidar
se que está vivo.
Fui hijo sin cuna propia, huésped a largo plazo en una familia prestada donde el afecto se medía en cucharadas de silencio. No heredé más que la costumbre de callar cuando duele. Desde entonces supe que ser dueño del destino no es un derecho, es una maña: aprendí a firmar mis pasos con tinta invisible y a hablar con acentos que no eran míos, hasta hacerme mío.
A los diecisiete ya discutía con la muerte por turnos. Ella con bata blanca y yo con las ganas de seguir escribiendo aunque fuera con fiebre. Cáncer: la palabra que suena a castigo griego, a teatro sin telón. Y después… coma. El mundo en pausa, yo en coma. Meses que se borraron como si el cuerpo hubiera decidido irse de vacaciones sin avisar al alma.
Pero volví. Porque siempre vuelvo. Porque los que no tienen dónde caerse vivos tampoco tienen dónde morir tranquilos.
Rearmé mi vida como se repara un reloj sin manecillas: al tacto, al presentimiento, con piezas nuevas y un oficio que ya no huele a muerte sino a pan caliente. Cambié bisturí por palabras, camillas por cuadernos. En vez de aguantar la respiración, aprendí a gritar en silencio.
Y cuando parecía que ya no quedaban capítulos, otra caída, otro casi-adiós: me partí como se parten los versos mal escritos… y aun así, sigo moviendo el rabo. Porque el dolor, aunque insista, no es la última palabra. Ni la muerte es tan original como para detenerme.
Ahora soy el sobreviviente reincidente, el que escribe desde los márgenes del cuerpo, con ortografía de cicatriz y sintaxis de milagro. Y si me preguntas quién soy:
soy el que volvió
cuando no debía.
El que escribe
para no olvidar
se que está vivo.