Pablo Alonso
Poeta asiduo al portal
Casi ningún silencio es nuestro,
por ejemplo el de la noche,
arrullado cómodamente
en un denso manto oscuro.
Tampoco es nuestro el silencio
del coloreado amanecer,
sutilmente iluminado,
atestado de vida muda.
No es nuestro el silencio
del acantilado hondo,
ni lo es cuando calla el eco,
ni cuando se enmudece el mar.
No es nuestro el silencio
que nos calca la muerte,
el silencio de la blanca lápida
o el de la flor que aromatiza
el montón de tierra que cobija los huesos.
No son nuestros ningún silencio,
porque lo nuestro ha sido el ruido,
la agitación, la impaciencia,
porque lo nuestro es la ensordecedora garganta,
las bulliciosas manos,
los escandalosos pies;
porque vivimos deseando lo pasajero
pensando que lo duradero no persiste
ni existe en ningún lugar.
por ejemplo el de la noche,
arrullado cómodamente
en un denso manto oscuro.
Tampoco es nuestro el silencio
del coloreado amanecer,
sutilmente iluminado,
atestado de vida muda.
No es nuestro el silencio
del acantilado hondo,
ni lo es cuando calla el eco,
ni cuando se enmudece el mar.
No es nuestro el silencio
que nos calca la muerte,
el silencio de la blanca lápida
o el de la flor que aromatiza
el montón de tierra que cobija los huesos.
No son nuestros ningún silencio,
porque lo nuestro ha sido el ruido,
la agitación, la impaciencia,
porque lo nuestro es la ensordecedora garganta,
las bulliciosas manos,
los escandalosos pies;
porque vivimos deseando lo pasajero
pensando que lo duradero no persiste
ni existe en ningún lugar.