Sin testigos

nelson majerczyk

Poeta adicto al portal
Y ahora estaba aquí, preparando su desayuno habitual, dos tostadas, tostadas
invariablemente quemadas y un café que lo despejaba de los extraños
galimatías de sus sueños.
Sentado observaba los densos ramajes que cubrían el cielo, o la porción del mismo
del fondo de su casa.
Ahí estaba Lincol Bermúdez Comisario Inspector de un perdido balneario de la
costa Atlántico en pleno julio barrido por los vientos y con casi nada que hacer
porque en ese pueblito no pasaba nunca nada y menos en invierno.
En su cabeza martillaban dos ideas que revoloteaban alternativamente, su nombre
Lincol; así sin la n mas, una segunda mariposita que le urticaban la mañana.
Su superior el Jefe de la División lo había mandado al culo del mundo por que no
quiso taparle una cagada, grande como una casa, ni viene al caso pero la venganza
del que manda si le dolía. Clavarlo en ese pueblucho de malos vientos hasta que se
pudriera , lo estaba logrando, aquí no pasaba nada.
Lo segundo que se le mechaba en el cráneo era su nombre, Lincol, así sin la n.
En qué carajo pesaban sus padres al ponerle de nombre, un apellido y para mas
inri, mal escrito.
No tenía sentido cuando pudo preguntarlo no lo hizo, y hoy ya no están,
lo otro la venganza del Jefe no tenía arreglo y le quedaban pocos años para jubilarse.
Entonces a joderse, terminó el desayuno, se duchó afeitó, rogó al cielo para que el
auto policial encendiera la marcha, puso las llaves de la casa bajo el felpudo por si se
pasaba por la casa Altagracia con la que de vez en vez pasaba la noche.
Pues tuvo, suerte el coche lo condujo sin sobresaltos por el Bulevard marítimo que abrazaba la cintura de la costa coronado todo por el cerro "Porvenir" con su rocosa figura avanzando hacia el mar amenazante.
Sus subordinados se cuadraron cuando entró a la comisaría, con un humor de perros.
Una silla giratoria, la bandera nacional y algunas fotos anodinas de sus
antecesores presidian el despacho.
Revolvió nervioso los papeles desperdigados por el viento tirados en el piso y sobre su escritorio, abrió la puerta con estruendo gritando a todo pulmón: !Fiama, carajo, Fiama!
Con cierto temor entró al despacho el sargento.
Corpulento con un rostro atosigado de alcohol y decepción se cuadró ante él y preguntó.
_Que le pasa comisario, anda mal hoy?
_Carajo Fiama cuántas veces le dije que cierre bien las
ventanas mire este chiquero.
_Disculpe comisario las ventanas están todas herrumbradas y se abren solas.
_Está bien; ahora tráigame un café y el diario de hoy.

Continuará,
 
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