Évano
Libre, sin dioses.
A las cuatro de la tarde de cada día laborable acudo a la biblioteca municipal. Ojeo los libros dejados en la entrepuerta, por si alguno me interesa. Son viejos, de personas que los ceden para que se los lleven a casa y los devuelvan luego para otros. Después, entro y miro por los estantes y elijo los más pequeños, los que no exceden de cien páginas. Me siento en una de las bajas y cómodas butacas grises, colocadas en círculo por docenas, en dos apartados a la vista de la gran sala amarilla y blanca con pocas columnas y lámparas y focos de luces claras y nítidas. Normalmente, a esa hora, los pocos que hay se dedican a los ordenadores, o a los deberes escolares.
Una vez escogido el libro, cuento las palabras de cada línea y las multiplico por el total de cada página. Descuento las que están en blanco y sumo las palabras aproximadas de las que consta el relato, o lo que fuere. Casi siempre oscilan entre veinte y treinta mil. Dicha cifra comunica a mi cerebro que quizás yo pudiera escribir uno como ese, digno de estar en una biblioteca, a pesar de lo diminuto. Soy un soñador, un iluso.
Es una manera de no fallar en la elección, porque todos son buenos, muy buenos, merecedores de pertenecer a una gran colección. Otra ventaja es que los leo en un par o tres de horas, con lo cual no he de llevarlos a casa.
No tengo casa. Ninguno tenemos casa, somos tiempo pululando por las tres dimensiones que nos encierran con materiales perecederos, porque ellos también son tiempo. Todo es tiempo.
Es tiempo cada libro que leemos, el del interior que cada escritor dedicó en soledad para plasmar su espera, la de la muerte. Porque somos espera.
Partiremos solos. Somos soledad. ¿La misma? Probablemente sí, probablemente la soledad es como una naranja, como la tibia, el húmero, el corazón, la mente; viene adherida a nosotros y se marcha con nosotros a no se sabe dónde. ¿O sí? Probablemente sí lo sabemos, pero no puede uno darse el lujo de abrir los ojos y encontrar a la muerte de frente, a su vacío, a su negrura, a su no existencia. Darnos cuenta que ya no veremos, acariciaremos, besaremos nunca más a ese ser que estuvo dentro de nosotros y e iluminó un instante la inmensa soledad que puebla las paredes del alma de cada uno.
pero deberíamos mirar de frente a la muerte porque es lo mismo que vivir, ver la meta desde lejos, jugar limpio y sin trampas porque con ella no hay trampas que valgan. Mirar de frente a la muerte es la otra cara del sol, de la luz, del mundo, del universo. La muerte es leer estas letras, contar las palabras de cada línea de nuestra vida y multiplicarlas luego por el total de cada página para darnos cuenta de cuán diminuto es el libro que conforma la vida de cada uno.
Algunos querrán dejar constancia de su tiempo, repartirlo en tantas cajas de espacios de espera como individuos y paisajes hay. Dejar constancia de lo sentido y visto para que los que vienen a continuación empiecen la carrera de la vida más preparados, más adelante de lo que empezamos cada uno. Se colocarán en estantes de cualquier biblioteca para que algún día alguien elija entrar en el mundo interior que tuvimos. Por ello es lo más respetable, porque son las almas, los pensamientos, los miedos, las incertidumbres, el amor y la muerte de lo que fue una persona tratando de averiguar qué es y por qué y a qué se debe esta espera. Por ello es importante permitir que no pierda el tiempo la gente con relatos e historias alargadas por alargar, por hacer alarde de una técnica, soberbia, miedo, o la inutilidad que se quiera dejar, como una trampa puesta para perder el tiempo y no mirar de frente a la muerte. Por ello elijo libros pequeños, porque solamente contienen la esencia y lo importante, la humildad y honestidad de alguien que comprendió al mundo y nos quiso hacer un favor.
Hay libros extensos a los cuales no les sobra ni una palabra, por supuesto, pero en ellos, escondido entre las sombras de los primeros párrafos ya nos dice que la vida es espera, que te relajes y disfrutes con una historia más de las tantas que conforman a este mundo. Las personas lectoras de esos grandes y extensos textos, ya saben también, en algún rincón de ellos mismos, qué es la vida y qué somos, y como autómatas sabios pasan su tiempo como mejor les parece. Otros escogemos pintar las paredes de nuestras cuevas con los dibujos que las letras esenciales crean en nuestro cerebro. Son rupestres, y el núcleo de la vida, de donde partimos. Todo lo demás se arrojó alrededor de ello y en ello.
Sobrevivir, reproducirse. Esperar. Para el que ame a este mundo, no hay más.
Una vez escogido el libro, cuento las palabras de cada línea y las multiplico por el total de cada página. Descuento las que están en blanco y sumo las palabras aproximadas de las que consta el relato, o lo que fuere. Casi siempre oscilan entre veinte y treinta mil. Dicha cifra comunica a mi cerebro que quizás yo pudiera escribir uno como ese, digno de estar en una biblioteca, a pesar de lo diminuto. Soy un soñador, un iluso.
Es una manera de no fallar en la elección, porque todos son buenos, muy buenos, merecedores de pertenecer a una gran colección. Otra ventaja es que los leo en un par o tres de horas, con lo cual no he de llevarlos a casa.
No tengo casa. Ninguno tenemos casa, somos tiempo pululando por las tres dimensiones que nos encierran con materiales perecederos, porque ellos también son tiempo. Todo es tiempo.
Es tiempo cada libro que leemos, el del interior que cada escritor dedicó en soledad para plasmar su espera, la de la muerte. Porque somos espera.
Partiremos solos. Somos soledad. ¿La misma? Probablemente sí, probablemente la soledad es como una naranja, como la tibia, el húmero, el corazón, la mente; viene adherida a nosotros y se marcha con nosotros a no se sabe dónde. ¿O sí? Probablemente sí lo sabemos, pero no puede uno darse el lujo de abrir los ojos y encontrar a la muerte de frente, a su vacío, a su negrura, a su no existencia. Darnos cuenta que ya no veremos, acariciaremos, besaremos nunca más a ese ser que estuvo dentro de nosotros y e iluminó un instante la inmensa soledad que puebla las paredes del alma de cada uno.
pero deberíamos mirar de frente a la muerte porque es lo mismo que vivir, ver la meta desde lejos, jugar limpio y sin trampas porque con ella no hay trampas que valgan. Mirar de frente a la muerte es la otra cara del sol, de la luz, del mundo, del universo. La muerte es leer estas letras, contar las palabras de cada línea de nuestra vida y multiplicarlas luego por el total de cada página para darnos cuenta de cuán diminuto es el libro que conforma la vida de cada uno.
Algunos querrán dejar constancia de su tiempo, repartirlo en tantas cajas de espacios de espera como individuos y paisajes hay. Dejar constancia de lo sentido y visto para que los que vienen a continuación empiecen la carrera de la vida más preparados, más adelante de lo que empezamos cada uno. Se colocarán en estantes de cualquier biblioteca para que algún día alguien elija entrar en el mundo interior que tuvimos. Por ello es lo más respetable, porque son las almas, los pensamientos, los miedos, las incertidumbres, el amor y la muerte de lo que fue una persona tratando de averiguar qué es y por qué y a qué se debe esta espera. Por ello es importante permitir que no pierda el tiempo la gente con relatos e historias alargadas por alargar, por hacer alarde de una técnica, soberbia, miedo, o la inutilidad que se quiera dejar, como una trampa puesta para perder el tiempo y no mirar de frente a la muerte. Por ello elijo libros pequeños, porque solamente contienen la esencia y lo importante, la humildad y honestidad de alguien que comprendió al mundo y nos quiso hacer un favor.
Hay libros extensos a los cuales no les sobra ni una palabra, por supuesto, pero en ellos, escondido entre las sombras de los primeros párrafos ya nos dice que la vida es espera, que te relajes y disfrutes con una historia más de las tantas que conforman a este mundo. Las personas lectoras de esos grandes y extensos textos, ya saben también, en algún rincón de ellos mismos, qué es la vida y qué somos, y como autómatas sabios pasan su tiempo como mejor les parece. Otros escogemos pintar las paredes de nuestras cuevas con los dibujos que las letras esenciales crean en nuestro cerebro. Son rupestres, y el núcleo de la vida, de donde partimos. Todo lo demás se arrojó alrededor de ello y en ello.
Sobrevivir, reproducirse. Esperar. Para el que ame a este mundo, no hay más.
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