hugoescritor
Poeta que considera el portal su segunda casa
SOLO UNA AVENTURA
Un páramo, habitada sólo por el desamparo, así era su mirada.
_ Bueno , entonces me voy dijo, y era menos una afirmación que un ruego. Un grito desesperado suplicando: ¡No me dejes ir!
El no pudo soportar esa mirada y desvió la vista hacia cualquier lado: El mozo la
ventana el pibe que hacía malabarismo con tres naranjas en el semáforo de la esquina. Todo, menos quedar atrapado nuevamente en esos ojos, ayer soñados y hoy cobardemente eludidos.
Por temor, sí. Porque era absolutamente consciente de que si se sumergía nuevamente en ellos, toda su patética seguridad, construida trabajosamente mintiéndose y mintiéndose a sí mismo, se vendría abajo, como un vulgar castillo de naipes. Entonces quedarían al desnudo, obscena y lastimosamente al desnudo, todos sus miedos y pequeñeces
Ella apartó un poco su silla de la mesa, como si ya estuviera dispuesta a levantarse, pero sólo fue un gesto. Le estaba dando tiempo. A él. Para que hablase, para que dijese algo.
¿Y qué podría decir?
En esos momentos a él le hubiera resultado mucho más sencillo volar que hablar.
Un cepo atroz le atenazaba la garganta, sofocándolo e impidiéndole emitir el menor sonido.
Además, ya estaba todo dicho. Impiadosa y premeditadamente dicho.
Que lo nuestro había sido el habitual deslumbramiento de una alumna por su profesor, dijo.
Que le pedía perdón por haber entrado, el también, en ese juego; continuó.
Que ella era muy joven y que pronto olvidaría todo esto, recordándolo solamente como una divertida aventura; agregó.
Que él no podía arriesgarse a que lo tildaran de viejo verde, poniendo de esa manera en riesgo no solamente a su matrimonio, sino también a su carrera y a su prestigio como conferencista reconocido internacionalmente. Fue ante esta reiteración de tantos sus que él mismo se dio cuenta de que estaba siendo terriblemente egoísta. Artera y despreciablemente egoísta
Entonces ya no pudo seguir hablando.
No sólo por esa constatación, sino porque al fin cayó en la cuenta de que la estaba perdiendo para siempre. Comprobó aterrorizado que esto lo estaba afectando mucho más de lo supuesto.
Ella había soportado a pié firme toda su estúpida perorata. En su cara no se había movido un solo músculo. Ninguna lágrima había asomado a sus ojos. Sólo un aura de infinita tristeza se extendió por el local, opacando los brillos, haciendo que todos los colores viraran al gris
No esperó más.
_ De acuerdo ¡me voy! afirmó ahora y rebuscando algo en su cartera lo arrojó frente a él. Luego se levantó muy tiesa y se marchó.
El no tuvo coraje ni siquiera para mirar lo que ella había tirado sobre la mesa. Pensó que debía ser uno de los tantos regalitos tontos que le había hecho.
Menos aún pudo observar como se iba. Más que nunca sus ojos, como pájaros asustados, saltaban de un lugar a otro: El mozo la barra la ventana el chico del semáforo. Ida y vuelta.
Al fin juntó coraje y miró lo que ella había dejado sobre la mesa.
No era lo que él pensaba.
Se trataba de uno de esos nuevos test de embarazo, que varían de color según sea que éste se confirme o nó. En éste caso indicaba claramente que el resultado había sido positivo.
Quedó petrificado.
Una mezcla de sorpresa, miedo y desesperación le invadió las venas.
Reaccionando como un loco, se puso de pié de un salto, sobresaltando a los ocupantes de las mesas vecinas. Para su propio asombro, estaba decidido a correr tras ella.
Para rogarle.
Para suplicarle que olvidara todas las pavadas que él había dicho. Y para implorarle que lo perdonara, que no quería perderla y menos ahora.
Que no se preocupara, que entre los dos ya encontrarían la manera de salir adelante.
No pudo llegar a la puerta.
Lo interrumpió el desgarrante ruido de una brutal frenada, el sonido sordo de un cuerpo al ser embestido, en grito de terror de los ocasionales testigos
No necesitó verlo para saber que había ocurrido.
La imaginó allí, sobre el sucio pavimento, debajo del ómnibus que había frenado bruscamente tratando de evitar la tragedia.
Lo veía con los ojos de la desesperación, congelado todo movimiento. Como en una fotografía.
Notó extrañado que en la cruel imagen hasta las naranjas del pibe malabarista permanecían suspendidas en el aire ingrávidas.
Como si temiesen caer, y de esa manera poner en marcha nuevamente al Tiempo, tornando en irreparable todo el horror comprimido en ese sólo instante.
FIN
Un páramo, habitada sólo por el desamparo, así era su mirada.
_ Bueno , entonces me voy dijo, y era menos una afirmación que un ruego. Un grito desesperado suplicando: ¡No me dejes ir!
El no pudo soportar esa mirada y desvió la vista hacia cualquier lado: El mozo la
ventana el pibe que hacía malabarismo con tres naranjas en el semáforo de la esquina. Todo, menos quedar atrapado nuevamente en esos ojos, ayer soñados y hoy cobardemente eludidos.
Por temor, sí. Porque era absolutamente consciente de que si se sumergía nuevamente en ellos, toda su patética seguridad, construida trabajosamente mintiéndose y mintiéndose a sí mismo, se vendría abajo, como un vulgar castillo de naipes. Entonces quedarían al desnudo, obscena y lastimosamente al desnudo, todos sus miedos y pequeñeces
Ella apartó un poco su silla de la mesa, como si ya estuviera dispuesta a levantarse, pero sólo fue un gesto. Le estaba dando tiempo. A él. Para que hablase, para que dijese algo.
¿Y qué podría decir?
En esos momentos a él le hubiera resultado mucho más sencillo volar que hablar.
Un cepo atroz le atenazaba la garganta, sofocándolo e impidiéndole emitir el menor sonido.
Además, ya estaba todo dicho. Impiadosa y premeditadamente dicho.
Que lo nuestro había sido el habitual deslumbramiento de una alumna por su profesor, dijo.
Que le pedía perdón por haber entrado, el también, en ese juego; continuó.
Que ella era muy joven y que pronto olvidaría todo esto, recordándolo solamente como una divertida aventura; agregó.
Que él no podía arriesgarse a que lo tildaran de viejo verde, poniendo de esa manera en riesgo no solamente a su matrimonio, sino también a su carrera y a su prestigio como conferencista reconocido internacionalmente. Fue ante esta reiteración de tantos sus que él mismo se dio cuenta de que estaba siendo terriblemente egoísta. Artera y despreciablemente egoísta
Entonces ya no pudo seguir hablando.
No sólo por esa constatación, sino porque al fin cayó en la cuenta de que la estaba perdiendo para siempre. Comprobó aterrorizado que esto lo estaba afectando mucho más de lo supuesto.
Ella había soportado a pié firme toda su estúpida perorata. En su cara no se había movido un solo músculo. Ninguna lágrima había asomado a sus ojos. Sólo un aura de infinita tristeza se extendió por el local, opacando los brillos, haciendo que todos los colores viraran al gris
No esperó más.
_ De acuerdo ¡me voy! afirmó ahora y rebuscando algo en su cartera lo arrojó frente a él. Luego se levantó muy tiesa y se marchó.
El no tuvo coraje ni siquiera para mirar lo que ella había tirado sobre la mesa. Pensó que debía ser uno de los tantos regalitos tontos que le había hecho.
Menos aún pudo observar como se iba. Más que nunca sus ojos, como pájaros asustados, saltaban de un lugar a otro: El mozo la barra la ventana el chico del semáforo. Ida y vuelta.
Al fin juntó coraje y miró lo que ella había dejado sobre la mesa.
No era lo que él pensaba.
Se trataba de uno de esos nuevos test de embarazo, que varían de color según sea que éste se confirme o nó. En éste caso indicaba claramente que el resultado había sido positivo.
Quedó petrificado.
Una mezcla de sorpresa, miedo y desesperación le invadió las venas.
Reaccionando como un loco, se puso de pié de un salto, sobresaltando a los ocupantes de las mesas vecinas. Para su propio asombro, estaba decidido a correr tras ella.
Para rogarle.
Para suplicarle que olvidara todas las pavadas que él había dicho. Y para implorarle que lo perdonara, que no quería perderla y menos ahora.
Que no se preocupara, que entre los dos ya encontrarían la manera de salir adelante.
No pudo llegar a la puerta.
Lo interrumpió el desgarrante ruido de una brutal frenada, el sonido sordo de un cuerpo al ser embestido, en grito de terror de los ocasionales testigos
No necesitó verlo para saber que había ocurrido.
La imaginó allí, sobre el sucio pavimento, debajo del ómnibus que había frenado bruscamente tratando de evitar la tragedia.
Lo veía con los ojos de la desesperación, congelado todo movimiento. Como en una fotografía.
Notó extrañado que en la cruel imagen hasta las naranjas del pibe malabarista permanecían suspendidas en el aire ingrávidas.
Como si temiesen caer, y de esa manera poner en marcha nuevamente al Tiempo, tornando en irreparable todo el horror comprimido en ese sólo instante.
FIN