JOSE MANUEL SAIZ
Poeta asiduo al portal
SPRINTER
Diez segundos dan para poco.
En ese pequeño lapso de tiempo
apenas se puede pelar una manzana,
atarse un zapato
o beber de un trago una cerveza.
Sin embargo,
yo invertí muchos años de mi vida,
varias horas cada día
intentado correr en diez segundos
los cien metros de una pista.
Visto así, parece una simpleza,
una tontería,
y un absurdo argumento
para una extraña poesía.
En cualquier época del año,
haciendo calor o mucho frío,
se me veía en la pista a diario
entrenando al aire libre y a toda prisa.
Pero siempre,
en todo momento
y bajo cualquier condición,
la misma obsesión girando por mi mente:
Arrebatarle apenas un suspiro
al implacable Señor del Tiempo.
Esperaba con ansía ese día,
esa competición, aquella prueba
que me daría el anhelo que buscaba:
Correr cien metros lisos
en diez segundos justos.
Para ello cerraba los ojos,
apretaba los dientes,
retenía el aliento
y salía como un rayo tan rápido como podía.
Pero cuando cruzaba la línea de meta
la aguja de mi cronómetro
siempre marcaba lo mismo:
¡Maldita sea! ¡Once segundos y pico!.
Nunca pude correr más deprisa.
Siempre un segundo, unas centésimas más lento
Apenas unas milésimas por encima de mi sueño.
¿Qué importancia tiene eso ahora
que ya dejé de ser atleta?
Visto desde esa perspectiva, poca.
Es cierto.
Pero
sin embargo,
me enseñó a valorar
la importancia que tienen en sí mismas
la dignidad de las pequeñas cosas:
Un esfuerzo, una victoria, una derrota
o la efímera gloria que representa
cada valioso segundo de mi tiempo.
Es la relativa insignificancia
de depositar una esperanza
tras la imaginaria línea de una meta.
Y eso, en los tiempos que corren,
(nunca mejor dicho)
me sirvió ciertamente para mucho.
Pero esa es,
no cabe duda,
el argumento para otra poesía.
Diez segundos dan para poco.
En ese pequeño lapso de tiempo
apenas se puede pelar una manzana,
atarse un zapato
o beber de un trago una cerveza.
Sin embargo,
yo invertí muchos años de mi vida,
varias horas cada día
intentado correr en diez segundos
los cien metros de una pista.
Visto así, parece una simpleza,
una tontería,
y un absurdo argumento
para una extraña poesía.
En cualquier época del año,
haciendo calor o mucho frío,
se me veía en la pista a diario
entrenando al aire libre y a toda prisa.
Pero siempre,
en todo momento
y bajo cualquier condición,
la misma obsesión girando por mi mente:
Arrebatarle apenas un suspiro
al implacable Señor del Tiempo.
Esperaba con ansía ese día,
esa competición, aquella prueba
que me daría el anhelo que buscaba:
Correr cien metros lisos
en diez segundos justos.
Para ello cerraba los ojos,
apretaba los dientes,
retenía el aliento
y salía como un rayo tan rápido como podía.
Pero cuando cruzaba la línea de meta
la aguja de mi cronómetro
siempre marcaba lo mismo:
¡Maldita sea! ¡Once segundos y pico!.
Nunca pude correr más deprisa.
Siempre un segundo, unas centésimas más lento
Apenas unas milésimas por encima de mi sueño.
¿Qué importancia tiene eso ahora
que ya dejé de ser atleta?
Visto desde esa perspectiva, poca.
Es cierto.
Pero
sin embargo,
me enseñó a valorar
la importancia que tienen en sí mismas
la dignidad de las pequeñas cosas:
Un esfuerzo, una victoria, una derrota
o la efímera gloria que representa
cada valioso segundo de mi tiempo.
Es la relativa insignificancia
de depositar una esperanza
tras la imaginaria línea de una meta.
Y eso, en los tiempos que corren,
(nunca mejor dicho)
me sirvió ciertamente para mucho.
Pero esa es,
no cabe duda,
el argumento para otra poesía.