El tosco presentimiento que ilumina el frío y sombrío ojo clarividente de mi espíritu,se apagó aciago en una noche donde el silencio funesto con olor a muerto abrazaba con crueldad insólita las imágenes fantasmales de mi querida pero muy difunta esposa.Encogido bajo las humeantes sábanas de una cama podrida,lloraba caudal de perlas jaspeadas,por la iracundia que fermentaba ante tal pérdida irreparable.Entonces me di cuenta,en mi obtuso abotargamiento,que no podía esperar ni la yema pálida de una nueva y feliz aurora que me presentase,como reencarnada,la figura griega de una tierna y sincera virgen alada de pálido rostro y ojos finos.Decidí en un segundo de paroxismo,lo que ningún mortal en su sano juicio se atrevería a consumar.Acercarme a la lacerante lumbre del hogar siniestro y envolverme en densas llamas sin soltar ni un alarido animal.Sólo el gemido sincero de un alma desdichada y difuminada en la congoja tenebrosa que se perdió en el infinito vacío.