Évano
Libre, sin dioses.
Los crepúsculos de los días de invierno son infernales, no por lo demoníaco, sino porque la luz fallece lentamente, como si estuviera enferma y su fuerza vital se apagara sin que la noche quisiera entrar, como si esperase tranquila, disfrutando y saboreando cada instante de su victoria efímera, para luego penetrar de golpe en nuestro mundo con todas sus energías negativas renovadas: con el frío voraz y la oscuridad aplastante, formando una espiral de elementos que desembocan en el abismo de madrugadas de pesadillas; viéndonos los terrestres disminuidos y cobardes, impotentes ante el poderío de semejante enemigo. Sólo nos queda acurrucarnos en las mantas y tiritar, deseando que la primavera venza y venga a rescatarnos.
La soledad no entiende de estaciones. Es una habitación sin puertas ni ventanas donde posee a nuestro espíritu cautivo. Y quizás es mejor que reine el invierno, pues el alma ciega y apresada oye cómo ulula el viento y gritan los árboles en los alrededores de su cárcel. Si lo que oyera fuesen cantares y alegrías y olas del mar en los ojos de los enamorados, el ánima no resistiría tanta tristeza.
Sólo nos queda cantar fuerte en la cárcel, con la esperanza que algún corazón bondadoso se apene de nosotros. Porque son esos corazones los que son las llaves maestras capaces de abrir todos los candados que pueda inventar la humanidad. Son los que deshacen hechizos y detienen a brujas y disuelven los embrujos.
A mí me sacaron una vez a las luces del sol, a bailar con ellas, a saltar y gritar en los horizontes de los arcoíris, donde la ilusión y la alegría y la esperanza brillaban en violetas y azules y verdes y amarillos y rojos. ¡Y qué bellaza! ¡Cómo explicarlo al que lo haya visto y sentido sin quedar como un estúpido!
 
Ahora es tiempo de meditar entre las cuatro paredes negras, encadenado a una soledad que ya no importa. Es tiempo de recordar que yo también fui joven y formé parte de la vida.
Cumplo mi condena, por ser inocente. Pero los años no saben de justicias, son eslabones que se van añadiendo a un ancla cada vez más largo y pesado. Un ancla que inevitablemente arrastrará al barco de nuestra vida a los abismos de lo desconocido.
Cuesta mantenerse a flote, pero sigo oyendo la música mientras leo en este sillón tan cómodo que es la vejez, dando gracias por haber sido.
Y no cuenten los años para saber si son ancianos. Hay quien nace viejo y nunca llega a ser anciano. Y hay quien nace tan niño que muere con la sonrisa en la boca y la ilusión en los ojos. Y los hay como yo: que nacemos en casa de la vecina, como diría Gila, y tenemos que ir a buscar a nuestra madre para decirles que hemos nacido y que tenemos hambre, esa otra hambre: la curiosidad de aprender y entender de qué están hechos todos los universos que nos rodean.
 
 
 
 
 
La soledad no entiende de estaciones. Es una habitación sin puertas ni ventanas donde posee a nuestro espíritu cautivo. Y quizás es mejor que reine el invierno, pues el alma ciega y apresada oye cómo ulula el viento y gritan los árboles en los alrededores de su cárcel. Si lo que oyera fuesen cantares y alegrías y olas del mar en los ojos de los enamorados, el ánima no resistiría tanta tristeza.
Sólo nos queda cantar fuerte en la cárcel, con la esperanza que algún corazón bondadoso se apene de nosotros. Porque son esos corazones los que son las llaves maestras capaces de abrir todos los candados que pueda inventar la humanidad. Son los que deshacen hechizos y detienen a brujas y disuelven los embrujos.
A mí me sacaron una vez a las luces del sol, a bailar con ellas, a saltar y gritar en los horizontes de los arcoíris, donde la ilusión y la alegría y la esperanza brillaban en violetas y azules y verdes y amarillos y rojos. ¡Y qué bellaza! ¡Cómo explicarlo al que lo haya visto y sentido sin quedar como un estúpido!
 
Ahora es tiempo de meditar entre las cuatro paredes negras, encadenado a una soledad que ya no importa. Es tiempo de recordar que yo también fui joven y formé parte de la vida.
Cumplo mi condena, por ser inocente. Pero los años no saben de justicias, son eslabones que se van añadiendo a un ancla cada vez más largo y pesado. Un ancla que inevitablemente arrastrará al barco de nuestra vida a los abismos de lo desconocido.
Cuesta mantenerse a flote, pero sigo oyendo la música mientras leo en este sillón tan cómodo que es la vejez, dando gracias por haber sido.
Y no cuenten los años para saber si son ancianos. Hay quien nace viejo y nunca llega a ser anciano. Y hay quien nace tan niño que muere con la sonrisa en la boca y la ilusión en los ojos. Y los hay como yo: que nacemos en casa de la vecina, como diría Gila, y tenemos que ir a buscar a nuestra madre para decirles que hemos nacido y que tenemos hambre, esa otra hambre: la curiosidad de aprender y entender de qué están hechos todos los universos que nos rodean.
 
 
 
 
 
