Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En la noche hay un adiós.
Es la luna mudo testigo, que contempla con su silenciosa presencia la emoción del momento.
Huerto de los Olivos, condensado en un paso.
Olivo mecido en hombros de sahaguneses, cáliz que no será apartado, ángel que no consuela, sudor de sangre corriendo por la cara de Cristo.
Las calles, en quieta penumbra, se estremecen al redoblar de los tambores y un encogimiento, como un mal presentimiento, las invade y se esconden sus esquinas en las sombras que no vencen las farolas.
Hay un aroma de incienso y tragedia, que se va acrecentando a medida que la noche envuelve la villa y sus gentes.
Hace frío.
Presiente el adiós la noche.
El rumor de pasos se acerca, noche de Gloria y Prendimiento.
La queja muda de los hombros castigados se alivia al golpe doble del llamador sobre el madero.
Tiemblan al aire las ramas del olivo.
Tiemblan también las gentes que miran pasar la procesión, emoción y frío, curiosidad de ver de nuevo lo ya sabido, pero que es estreno en cada ocasión.
Gentes que miran y callan, como callaron en las calles de Jerusalén cuando Jesús las recorría.
Sobrecoge el Hombre menudo que se hecha a los hombros los males del mundo.
Pero no está solo.
La pequeña Soledad, le acompaña en la distancia que permite aguantar el sufrimiento.
San Tirso. Torre de San Tirso que juega a ser por una noche Sanedrín donde encerrar al Hijo del Hombre.
Puertas de verja que semejan rejas.
Un giro.
Una vuelta sobre sí mismo.
Cristo y María, frente a frente, sin esquivar la mirada.
En los ojos de María dolor de madre, temores de las entrañas ciertos e inexplicables.
En los ojos de Jesús decisión y dolor.
Se alzan las manos en unánime movimiento. ¡Cuánto amor se encierra en esas manos!
Las lágrimas se escapan de los ojos capaces de misericordia.
En la noche hay un adiós.
Es la luna mudo testigo, que contempla con su silenciosa presencia la emoción del momento.
Huerto de los Olivos, condensado en un paso.
Olivo mecido en hombros de sahaguneses, cáliz que no será apartado, ángel que no consuela, sudor de sangre corriendo por la cara de Cristo.
Las calles, en quieta penumbra, se estremecen al redoblar de los tambores y un encogimiento, como un mal presentimiento, las invade y se esconden sus esquinas en las sombras que no vencen las farolas.
Hay un aroma de incienso y tragedia, que se va acrecentando a medida que la noche envuelve la villa y sus gentes.
Hace frío.
Presiente el adiós la noche.
El rumor de pasos se acerca, noche de Gloria y Prendimiento.
La queja muda de los hombros castigados se alivia al golpe doble del llamador sobre el madero.
Tiemblan al aire las ramas del olivo.
Tiemblan también las gentes que miran pasar la procesión, emoción y frío, curiosidad de ver de nuevo lo ya sabido, pero que es estreno en cada ocasión.
Gentes que miran y callan, como callaron en las calles de Jerusalén cuando Jesús las recorría.
Sobrecoge el Hombre menudo que se hecha a los hombros los males del mundo.
Pero no está solo.
La pequeña Soledad, le acompaña en la distancia que permite aguantar el sufrimiento.
San Tirso. Torre de San Tirso que juega a ser por una noche Sanedrín donde encerrar al Hijo del Hombre.
Puertas de verja que semejan rejas.
Un giro.
Una vuelta sobre sí mismo.
Cristo y María, frente a frente, sin esquivar la mirada.
En los ojos de María dolor de madre, temores de las entrañas ciertos e inexplicables.
En los ojos de Jesús decisión y dolor.
Se alzan las manos en unánime movimiento. ¡Cuánto amor se encierra en esas manos!
Las lágrimas se escapan de los ojos capaces de misericordia.
En la noche hay un adiós.