Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Te deseo como se desea lo prohibido
no por moral,
sino por destino.
Hay noches en que mi cuerpo te recuerda
antes que mi nombre,
en que la piel —traidora—
pronuncia tu ausencia
con una precisión obscena.
No fue solo amor.
Fue hambre.
Fue esta forma de mirarte
como si tocarte fuera
la única manera decente de existir.
Te pensé desnuda
no por lujuria,
sino porque así el deseo duele más:
cuando no busca consumarse
sino permanecer.
Tu ausencia no es silencio,
es fricción.
Un roce que no ocurre
pero insiste
como un músculo tenso
que no aprende a relajarse.
Hubo gestos mínimos
—una cercanía suspendida,
una respiración contenida—
que me enseñaron
que el erotismo más cruel
es el que se queda
a un milímetro del incendio.
No te tuve,
y sin embargo
mi cuerpo sabe exactamente
cómo habrías sido.
Eso es lo insoportable:
amar a alguien
que vive entero
en la imaginación del tacto.
Si algún día me olvido,
no será porque dejé de desearte,
sino porque aprendí
a convivir con esta herida
que no sangra
pero late.
no por moral,
sino por destino.
Hay noches en que mi cuerpo te recuerda
antes que mi nombre,
en que la piel —traidora—
pronuncia tu ausencia
con una precisión obscena.
No fue solo amor.
Fue hambre.
Fue esta forma de mirarte
como si tocarte fuera
la única manera decente de existir.
Te pensé desnuda
no por lujuria,
sino porque así el deseo duele más:
cuando no busca consumarse
sino permanecer.
Tu ausencia no es silencio,
es fricción.
Un roce que no ocurre
pero insiste
como un músculo tenso
que no aprende a relajarse.
Hubo gestos mínimos
—una cercanía suspendida,
una respiración contenida—
que me enseñaron
que el erotismo más cruel
es el que se queda
a un milímetro del incendio.
No te tuve,
y sin embargo
mi cuerpo sabe exactamente
cómo habrías sido.
Eso es lo insoportable:
amar a alguien
que vive entero
en la imaginación del tacto.
Si algún día me olvido,
no será porque dejé de desearte,
sino porque aprendí
a convivir con esta herida
que no sangra
pero late.
Última edición: