• MundoPoesía se ha renovado! Nuevo diseño y nuevas funciones. Ver cambios

Terra incognita

Gonvedo

Poeta asiduo al portal
Salí a buscar caminos que no tuvieran dueño,
que ya estaban en mí, deseché las calles, plazas
y avenidas, todas ellas sagradas reliquias
de lo urbano, para hallar un lugar que nadie habitara,
donde la noche fuera alzándose sobre el murmullo
de un orfeón de estrellas, el sol no se sometiera
a un íntimo temor de nubes y los pájaros no llevaran
código de barras.

Conocí algunos hombres carentes de raíz,
y la engañosa memoria de sus rostros sin tiempo,
su edad arrancada de pronto, su heredada orfandad
tantas veces negada con que nacieron al mundo,
borrando cada huella dejada a su paso, haciendo
de esta ausencia eco de una verdad homicida.
Se que viven en mí varios hombres, sin rostro
y sin nombre, escucho sus voces masticando la noche
que atraviesa un océano de invertebrados sueños.
Hombres, como yo, engendrados por un dios
de las pequeñas cosas, ebrio de olvido y mudo
de recuerdos. impaciente e inclinado a odiarse a si mismo.

Ahora es tiempo de desandar caminos, de ser
lumbre y guion entre la multitud de aves que aborda
la marea, de enterrar olivos que yacen en el mar
de los antónimos, de guardarse de los alacranes
de mirada asustada bajo las piedras, de restañar
estas heridas cómplices porque nada existe sin mí
en el tácito lado de esa casa sin número.
Quizás, también, haya llegado el momento de besarse
bajo el muérdago, de arrancar el corazón de la mandrágora,
de atreverse a soñar lo nunca soñado
para escapar de esta ilusión de terra incognita.
 
Última edición:
Salí a buscar caminos que no tuvieran dueño,
que ya estaban en mí, deseché las calles, plazas
y avenidas, todas ellas sagradas reliquias
de lo urbano, para hallar un lugar que nadie habitara,
donde la noche fuera alzándose sobre el murmullo
de un orfeón de estrellas, el sol no se sometiera
a un íntimo temor de nubes y los pájaros no llevaran
código de barras.

Conocí algunos hombres carentes de raíz,
y la engañosa memoria de sus rostros sin tiempo,
su edad arrancada de pronto, su heredada orfandad
tantas veces negada con que nacieron al mundo,
borrando cada huella dejada a su paso, haciendo
de esta ausencia eco de una verdad homicida.
Se que viven en mí varios hombres, sin rostro
y sin nombre, escucho sus voces masticando la noche
que atraviesa un océano de invertebrados sueños.
Hombres, como yo, engendrados por un dios
de las pequeñas cosas, ebrio de olvido y mudo
de recuerdos. impaciente e inclinado a odiarse a si mismo.

Ahora es tiempo de desandar caminos, de ser
lumbre y guion entre la multitud de aves que aborda
la marea, de enterrar olivos que yacen en el mar
de los antónimos, de guardarse de los alacranes
de mirada asustada bajo las piedras, de restañar
estas heridas cómplices porque nada existe sin mí
en el tácito lado de esa casa sin número.
Quizás, también, haya llegado el momento de besarse
bajo el muérdago, de arrancar el corazón de la mandrágora,
de atreverse a soñar lo nunca soñado
para escapar de esta ilusión de terra incognita.
No de puede parar de soñar.

Saludos
 
Salí a buscar caminos que no tuvieran dueño,
que ya estaban en mí, deseché las calles, plazas
y avenidas, todas ellas sagradas reliquias
de lo urbano, para hallar un lugar que nadie habitara,
donde la noche fuera alzándose sobre el murmullo
de un orfeón de estrellas, el sol no se sometiera
a un íntimo temor de nubes y los pájaros no llevaran
código de barras.

Conocí algunos hombres carentes de raíz,
y la engañosa memoria de sus rostros sin tiempo,
su edad arrancada de pronto, su heredada orfandad
tantas veces negada con que nacieron al mundo,
borrando cada huella dejada a su paso, haciendo
de esta ausencia eco de una verdad homicida.
Se que viven en mí varios hombres, sin rostro
y sin nombre, escucho sus voces masticando la noche
que atraviesa un océano de invertebrados sueños.
Hombres, como yo, engendrados por un dios
de las pequeñas cosas, ebrio de olvido y mudo
de recuerdos. impaciente e inclinado a odiarse a si mismo.

Ahora es tiempo de desandar caminos, de ser
lumbre y guion entre la multitud de aves que aborda
la marea, de enterrar olivos que yacen en el mar
de los antónimos, de guardarse de los alacranes
de mirada asustada bajo las piedras, de restañar
estas heridas cómplices porque nada existe sin mí
en el tácito lado de esa casa sin número.
Quizás, también, haya llegado el momento de besarse
bajo el muérdago, de arrancar el corazón de la mandrágora,
de atreverse a soñar lo nunca soñado
para escapar de esta ilusión de terra incognita.
Muy buen poema Gonvedo. Un abrazo con la pluma del alma. Buen día
 
Ayuda Usuarios

You haven't joined any salas.

You haven't joined any salas.
Atrás
Arriba