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Tiburcio el tiburón

Tema en 'Prosa: Infantiles' comenzado por Kein Williams, 9 de Febrero de 2026 a las 10:49 AM. Respuestas: 0 | Visitas: 12

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    Érase una vez, en las profundidades azules y cristalinas del gran océano, un tiburoncito llamado Tiburcio, de piel gris plateada con motitas blancas como copos de nieve marina. Era un pequeño de corazón valiente, pero aquel día su rostro mostraba tal mueca de dolor que hasta las morenas se apiadaron de él. Nadaba torpemente entre las corrientes, sujetándose la mandíbula con una aleta, mientras gruesas lágrimas saladas caían de sus ojos y se mezclaban con el agua sin que nadie pudiera distinguirlas.

    —¡Ay, ay, ay! —gemía—. ¡Se me ha caído un diente jugando al aletabol! ¡Qué desgracia tan grande!

    No tardó en aparecer su madre, la señora Tiberia, una tiburona majestuosa de ojos tiernos y sonrisa ancha como una bahía en calma. Al verlo tan abatido, se acercó con aleteo suave y preocupado.

    —¿Qué te sucede, mi pequeño tesoro? ¿Por qué lloras como si te hubieran robado la cola?

    Tiburcio, con voz temblorosa y la boca torcida, respondió:

    —Estaba jugando al aletabol con los delfines y un cangrejo muy tramposo… ¡y el balón, que era otro cangrejo enfadadísimo, me dio de lleno en la boca! Se me cayó un diente grandote… ¡Ahora me veo horroroso! Parezco un piano al que le falta una tecla blanca.

    La madre le acarició la cabecita con su aleta inmensa.

    —Ay, mi valiente Tiburcio, no digas disparates. Tienes todavía dos mil novecientos noventa y nueve dientes perfectos. Ese huequito es apenas una ventanita por donde se asoma tu valentía. Nadie lo notará… salvo los muy maleducados, y a esos no hay que hacerles caso. Además, esta noche vendrá el Pulpo Pérez con su trueque mágico. Sonreirás y él te dará una moneda brillante por tu diente perdido.

    Pero el consuelo duró poco. Al salir a nadar entre los corales, Tiburcio se topó con la pandilla de sardinas chismosas, el pez payaso bromista y una tortuga anciana que se creía muy sabia.

    —¡Mirad! —gritó una sardina—. ¡El tiburón piano! ¡Le falta una tecla!
    —¡Cindy, el tiburón sin diente! —rió el pez payaso haciendo piruetas—. ¡Ahora solo muerde a medias!
    —¡Parece que se tragó un acordeón y se le quedó atascado un botón! —añadió la tortuga con voz lenta y solemne.

    Tiburcio se puso tan rojo que parecía un tomate de mar. Se escondió entre unos corales y murmuró:

    —Mamá… creo que me iré a vivir al fondo del abismo, donde ni las medusas me vean. ¿Qué tan lejos están las Marianas?

    Tiberia lo envolvió en un abrazo de aletas.

    —No les prestes atención, hijo mío. Los que se burlan de un diente menos suelen tener menos gracia que una ostra dormida. Tú sonríe con orgullo. Ese hueco es la medalla de quien juega con todo el corazón.

    Más tarde, cuando el sol enviaba rayos dorados que bailaban entre las burbujas, apareció nadando con elegancia el famoso Pulpo Pérez. Llevaba ocho brazos adornados con pulseritas de conchitas y una sonrisa astuta que parecía conocer todos los secretos del mar.

    —¡Saludos, Tiburcio, pequeño guerrero de las profundidades! —dijo con voz alegre—. Me han contado que perdiste una pieza de tu formidable dentadura jugando al aletabol.

    Tiburcio asintió, todavía un poco avergonzado.

    El pulpo sacó de uno de sus bolsillos ocultos (porque los pulpos tienen bolsillos en todas partes) una moneda redonda y brillante que hacía «pliin-plin» al moverse. Un real de a 8 acuñado en Potosí.

    —Toma, valiente. Por haber contado la verdad y no esconder tu diente bajo una roca, aquí tienes tu recompensa. Con ella podrás comprar algas gomosas, caramelos de plancton o hasta una entrada al teatro de las anémonas.

    Tiburcio abrió los ojos como dos lunas llenas.

    —¡Gracias, Pulpo Pérez! ¡Ahora sí que voy a sonreír!Y mientras apretaba la moneda contra su pecho, una idea traviesa le cruzó la mente como un pez volador: «Si me caen los otros dos mil novecientos noventa y nueve dientes… ¡tendría dos mil novecientas noventa y nueve monedas! Sería el tiburón más rico del océano… Solo tendría que darme golpecitos suaves con una piedra…»

    De pronto, el Pulpo Pérez se detuvo en seco. Giró la cabeza hacia Tiburcio y preguntó:

    —Ejem… ¿qué es eso que estoy viendo en tu cabecita, pequeño granuja?

    Tiburcio se puso blanco como un calamar asustado.

    —¿Q-qué cosa?

    El pulpo se cruzó los ocho brazos y alzó una ceja.

    —No se engaña al Pulpo Pérez, Tiburcio. Si empiezas a sacarte los dientes a propósito por monedas, acabarás siendo el tiburón más rico… ¡y más desdentado de todos los mares! Sin dientes no hay aletabol, ni sardinas crujientes, ni sonrisa para espantar (amistosamente) a los pececitos traviesos. La riqueza de verdad no se mide en monedas, sino en dientes fuertes y amigos leales.

    Tiburcio bajó la mirada, avergonzado, y luego la levantó con decisión.

    —Tienes razón… Fue una idea muy tonta. No quiero ser un tiburón millonario sin dientes. Quiero ser un tiburón con todos mis dientes y con muchos amigos.

    El Pulpo Pérez le revolvió la cabecita con un tentáculo cariñoso.

    —Esa sí es una idea digna de un campeón.

    Y así fue como, días después, Tiburcio volvió a jugar al aletabol, pero ahora con reglas nuevas y mucho más sensatas. Las reglas del aletabol, tal como las acordaron todos los habitantes del arrecife, eran estas:

    • Primero, se juega en equipos de cinco nadadores: tiburones, delfines, rayas veloces o lo que el mar disponga.
    • Segundo, la portería son dos corales altos abrazados por una red de algas.
    • Tercero, el balón ya no es un cangrejo enfadado (porque los cangrejos protestaron mucho), sino una bola grande y mullida hecha de algas bien apretaditas, que rebota suavemente bajo el agua.
    • Cuarto, se permite usar aletas, cola, hocico y hasta el lomo, pero jamás morder el balón, porque los dientes son tesoros y no se arriesgan por una victoria.
    • Quinto, el que meta la bola en la portería contraria gana un punto, y el partido dura hasta que el sol se esconda o hasta que todos se cansen de reír.

    Tiburcio nadaba entre delfines, rebotaba la bola de algas con la cola, hacía piruetas y sonreía con su huequito encantador, que ya nadie recordaba como defecto, sino como la marca de un tiburoncito que había aprendido a tiempo una gran lección: no todo lo que brilla es bueno si se consigue con engaño.

    Y desde entonces, cuando alguien le preguntaba por su diente perdido, él contestaba con una carcajada:

    —¡Fue el precio de convertirme en campeón del aletabol… y en tiburón honrado!

    Y colorín colorado, este cuento de Tiburcinho se ha acabado.
     
    #1

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