Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Con los ojos húmedos, como si llevara el mar en la mirada,
vengo a decirte que me equivoqué.
Que la vida, con su manía de torcer caminos,
fue injusta con nosotros.
Pero uno aprende —a golpes, a silencios—
que las cosas pasan por algo,
aunque ese “algo” nunca se deje ver del todo.
Te amé, y eso no tiene remedio ni fecha de vencimiento.
Si tú estás bien, yo estaré bien,
porque así funciona el corazón
cuando ha decidido quedarse a vivir en otro cuerpo.
No sé qué cartas guardará el destino para nosotros,
ni si Dios, en su juego de paciencia,
querrá volver a cruzarnos las manos.
Yo, por mi parte, le dejo todo en las suyas.
Y te pido,
como se pide un último favor en la orilla de un adiós:
no me olvides.
Aunque sea como se recuerda un sueño,
aunque sea como se recuerda una cicatriz
que todavía sabe a caricia.
vengo a decirte que me equivoqué.
Que la vida, con su manía de torcer caminos,
fue injusta con nosotros.
Pero uno aprende —a golpes, a silencios—
que las cosas pasan por algo,
aunque ese “algo” nunca se deje ver del todo.
Te amé, y eso no tiene remedio ni fecha de vencimiento.
Si tú estás bien, yo estaré bien,
porque así funciona el corazón
cuando ha decidido quedarse a vivir en otro cuerpo.
No sé qué cartas guardará el destino para nosotros,
ni si Dios, en su juego de paciencia,
querrá volver a cruzarnos las manos.
Yo, por mi parte, le dejo todo en las suyas.
Y te pido,
como se pide un último favor en la orilla de un adiós:
no me olvides.
Aunque sea como se recuerda un sueño,
aunque sea como se recuerda una cicatriz
que todavía sabe a caricia.