Boddah
Poeta recién llegado
A Samuel, el amor de todas mis conjugaciones.
Busco consuelo para mi apurada alma
que al levantarse del ensueño que nunca llega,
sólo vive para morir en la lejanía de tu cuerpo.
Y no encuentro paliativo alguno
más que el llanto de mi carne desesperada.
Busco motivos en cada paso vago que camino
para desearte, extrañarte, amarte, y sufrirte más.
Pues desde que probé tu sangre de dios, pan mío de cada día:
muero por morder tu carne, en los altares de la noche,
cuando ambos matamos a Cristo.
Quiero amanecer siempre tuya en tus brazos coloreados por la aguja.
Y anochecer cobijada de tu piel madura y mil veces antes compartida.
No busco ser la madre, ni la hija, ni la que cuida de un hombre inmaduro
Tú eres el roble oloroso, de manos firmes, de tiempo recorrido
que mi mente imaginó suyo.
Desde la primera vez en que te sentí dentro de mí,
nuestra sangre se revolvió en una sola vena, y se vio hecha corazón.
No fue hechizo, no fue magia, ni siquiera un amor sin explicación.
Fue la sangre, el sudor, la saliva, y los besos de dos almas que se sanaron penetrándose, haciendo, salvando al amor.
No veo ya mi carne joven sin la briosa experiencia de tu desazón
Tú me enseñas día a día como debió de amarme el que no me amó.
No pienso alejarme de tu puerto no sé ya nadar de otra manera,
Los tiburones de tu mente ya me conocen y sé que no me atacarán.
No te alejes, amor mío, con tus años, con tus ojos has inundado mi dolor:
de ganas, de ilusiones, de vida eterna, de lucha, y has reescrito mi canción.
Quiero ser tu mujer, la madre de tus hijos.
La que cargue contigo las penas que aquejan tu sueño vagabundo.
Quiero siempre amanecer a la luz de tus pestañas.
Y así envejecer juntos, tú más que yo menos que tú de cierto modo.
Pero te juro, amor mío, amor de todos mis tiempos y conjugaciones:
el día en que tú debas partir a la nada, mi mano y mi alma de tu mano se irán.
Busco consuelo para mi apurada alma
que al levantarse del ensueño que nunca llega,
sólo vive para morir en la lejanía de tu cuerpo.
Y no encuentro paliativo alguno
más que el llanto de mi carne desesperada.
Busco motivos en cada paso vago que camino
para desearte, extrañarte, amarte, y sufrirte más.
Pues desde que probé tu sangre de dios, pan mío de cada día:
muero por morder tu carne, en los altares de la noche,
cuando ambos matamos a Cristo.
Quiero amanecer siempre tuya en tus brazos coloreados por la aguja.
Y anochecer cobijada de tu piel madura y mil veces antes compartida.
No busco ser la madre, ni la hija, ni la que cuida de un hombre inmaduro
Tú eres el roble oloroso, de manos firmes, de tiempo recorrido
que mi mente imaginó suyo.
Desde la primera vez en que te sentí dentro de mí,
nuestra sangre se revolvió en una sola vena, y se vio hecha corazón.
No fue hechizo, no fue magia, ni siquiera un amor sin explicación.
Fue la sangre, el sudor, la saliva, y los besos de dos almas que se sanaron penetrándose, haciendo, salvando al amor.
No veo ya mi carne joven sin la briosa experiencia de tu desazón
Tú me enseñas día a día como debió de amarme el que no me amó.
No pienso alejarme de tu puerto no sé ya nadar de otra manera,
Los tiburones de tu mente ya me conocen y sé que no me atacarán.
No te alejes, amor mío, con tus años, con tus ojos has inundado mi dolor:
de ganas, de ilusiones, de vida eterna, de lucha, y has reescrito mi canción.
Quiero ser tu mujer, la madre de tus hijos.
La que cargue contigo las penas que aquejan tu sueño vagabundo.
Quiero siempre amanecer a la luz de tus pestañas.
Y así envejecer juntos, tú más que yo menos que tú de cierto modo.
Pero te juro, amor mío, amor de todos mis tiempos y conjugaciones:
el día en que tú debas partir a la nada, mi mano y mi alma de tu mano se irán.
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