BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Antes era juego.
Un eterno vaivén
recóndito de mares
contra jardines superpuesto.
Hilo de seda vulnerando
etapas del camino aplazado.
Sombras de gestos apoyados
en esquirlas sumisas y casi
vegetales.
Antes era el juego.
La maléfica hada engendrada
sobre el predio de la balaustrada,
el precio de la honestidad puesto
a subasta, un corazón que apenas
pone migajas sobre la mesa.
O un calvario de rosas y frescos tallos.
Un diente que habla con otro, sobre la tumba
rosada y hermética.
Antes era más que nada el juego.
La vida sobre el mantel se dilapidaba,
formaba huecos entre las paredes, dinamitaba
sueños y abolía otros, como árboles y maleza
interpuestos.
Ahora...ese sueño ocurre,
transforma la materia, la hace
agua o nada. Blancura en los bordes
de la piedra gastada.
Un zócalo reinventa mi mirada.
Advierto entre los pedregales,
un viento seco y amarillento,
un aire de arremetida, casi bélico.
Y mi sombra se alarga, transmuta
su ciclo en oro de tarde en tarde.
Soy la piedra, y quizás el zócalo
que arde. Estoy tumbado de espaldas.
Miro lo extenso que soy, la piedra,
el aire, el invierno del zócalo, su humedad.
Como, de improviso, la naturaleza
mete su delgada hierba pestilente
en casa. Soy la casa, el árbol,
de repente, nada.
©
Un eterno vaivén
recóndito de mares
contra jardines superpuesto.
Hilo de seda vulnerando
etapas del camino aplazado.
Sombras de gestos apoyados
en esquirlas sumisas y casi
vegetales.
Antes era el juego.
La maléfica hada engendrada
sobre el predio de la balaustrada,
el precio de la honestidad puesto
a subasta, un corazón que apenas
pone migajas sobre la mesa.
O un calvario de rosas y frescos tallos.
Un diente que habla con otro, sobre la tumba
rosada y hermética.
Antes era más que nada el juego.
La vida sobre el mantel se dilapidaba,
formaba huecos entre las paredes, dinamitaba
sueños y abolía otros, como árboles y maleza
interpuestos.
Ahora...ese sueño ocurre,
transforma la materia, la hace
agua o nada. Blancura en los bordes
de la piedra gastada.
Un zócalo reinventa mi mirada.
Advierto entre los pedregales,
un viento seco y amarillento,
un aire de arremetida, casi bélico.
Y mi sombra se alarga, transmuta
su ciclo en oro de tarde en tarde.
Soy la piedra, y quizás el zócalo
que arde. Estoy tumbado de espaldas.
Miro lo extenso que soy, la piedra,
el aire, el invierno del zócalo, su humedad.
Como, de improviso, la naturaleza
mete su delgada hierba pestilente
en casa. Soy la casa, el árbol,
de repente, nada.
©