Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
Siempre le atribuyó el pánico que le acompañó durante la vida a lo que él asumió como el estúpido temperamento de su padre; no hagas, no hables, no corras, todo en imperativo. Así que ése día, al salir de su sepelio, se sintió sanado de los terrores de verse atado de manos toda la vida. Subió al auto, se puso el cinturón de seguridad que jamás, por la fobia a su padre había ajustado, e inhaló profundamente. Justo en ése momento, un auto a toda velocidad se impactó contra el suyo ocasionando un fatal incendio. Cuando las llamas abrasaron sin piedad su cuerpo, la fracción de su vida más llena de amor pasó por sus ojos, miró con detalle como su madre lo envolvía en sus cobijas para curarle del frío cuando él apenas era un bebe. Mientras luchaba para zafarse del cinturón, supo, en ése ultimo instante, que la mierda que siempre le aterrorizó, ése maldito trauma, ése sentirse atado de manos, jamás le llego de los parcos consejos de su odiado padre.
Due®18.6.10
Due®18.6.10
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