Principio convertido en final,
obstinada y terca te hicieron.
Inmaculada cama nupcial,
cuarenta sujetadores cayeron.
Única señal de esfuerzo,
ya todos radiante te vieron.
Tu ego nunca fue más ciego.
Te deprime la soledad.
Tus hijas no lloran contigo.
¿Qué haces en esta ciudad
sin un incondicional amigo?
¿Aprendiendo a ser madre
sin un sólo testigo?
Tu ego nunca fue más ciego.
Envidiando de tus pares,
convertidos por ti en hadas;
objetos, imágenes, lugares.
Sinténdote desdichada.
Mil anécdotas familiares
menosprecias tras tu fachada.
Tu ego nunca fue más ciego.
¿Nadie valora tu sacrificio?
Es curioso que lo pienses,
porque ahora existe
una disociación evidente
entre tu discurso triunfante
y lo que proyecta tu semblante.
Tu ego nunca fue más ciego.
Rendida a placeres exóticos,
cambias consejos por halagos;
viajando en automático,
olvidándote de cada rezo.
Tu principal platillo
convertido en aderezo,
Tu ego nunca fue más ciego.
Cada día pasas más horas
lidiando con un espejo;
deseando cambiar lo nuevo
por aquel libro viejo
y terminar actuando sin pensar
en lo que has dejado lejos.
Tu ego nunca fue más ciego.