Tu espalda era mi lugar favorito del universo

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Mecenas
Tu espalda…
ah, tu espalda.

Era una playa nocturna
donde mis manos naufragaban lentamente
mientras la luna nos miraba
con esa tristeza húmeda
de los amantes que saben demasiado del fuego.

Yo bajaba por tu piel
como quien desciende una montaña sagrada,
bebiendo con la boca
la sal tibia de tu deseo.

Y tú temblabas.

No de miedo.
Las mujeres como tú no tiemblan de miedo.
Tiembla la tierra cuando las recorren despacio,
cuando un hombre aprende a adorarlas
sin prisa,
sin tregua,
como si el mundo fuera a acabarse al amanecer.

Tu espalda tenía el color secreto de la madrugada,
esa mezcla de sombra, sudor y silencio
que queda después de los besos largos.

Allí enterré mis labios,
mis pecados,
mis ganas antiguas de perderme para siempre.

Porque no había templo más verdadero
que la curva ardiente de tu cintura
doblándose suavemente bajo mis manos.

Yo escuchaba tu respiración romperse en la oscuridad
y sentía el universo entero abrirse lentamente,
como una fruta madura
partiéndose de deseo entre mis dedos.

Amarte era esto:
arder.

Arder hasta olvidar mi nombre,
hasta no saber
si estaba besando tu cuerpo
o entrando de rodillas al paraíso.

Y cuando la noche terminaba,
tu espalda quedaba iluminada por la ventana,
desnuda y eterna,
como esos paisajes que un hombre contempla una sola vez
y le duelen toda la vida.
 

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