Álex Hernández
Poeta recién llegado
Te me agarrabas del estomago
rodeada de mariposas.
Me soltabas al segundo
como si te fueras a quemar.
Como si te fueras.
Volver era sólo pasar por el mismo sitio
y enamorarte otra vez,
pero al reves.
Teníamos códigos porque no nos sabiamos querer,
y reventamos millones de cajas debiles porque tampoco
sabíamos no hacerlo.
Nos bailaron todas las canciones que escuchabamos en la cocina,
agarrados de la ropa,
como si en su lugar
nos agarrasemos la vida
con la sutilidad
de un campo de minas.
Bailabamos todas las canciones que nos recordaban
a nosotros cantandolas a nadie.
Nos arrancabamos pestañas solo para
cumplir deseos
porque las promesas
no nos iban… y nunca volvieron.
Recuerdo hacernos heridas con la grava
de mil patios de colegios
solo para besarnoslas
a la hora del almuerzo.
Y el desayuno
y la comida
y la cena.
La última.
Me cosí una espiral en el pecho
y tú sólo dabas vueltas al rededor
de ella como acariciando una
herida que no ibas a curar.
La sal escuece
y limpia.
Y yo,
me habría ensuciado
hasta la respiración
con tal de seguir
notando la tuya en mi nuca.
Cuando me di la vuelta
me vi por dentro;
salí a buscarme cerrando de un portazo
las puertas de tu casa,
y conseguí escaparme
por mis pupilas.
Escuche a un silencio gritar:
“AQUÍ NO”.
Y me mude a una habitación
sin percianas
para que no me recordasen
lo que me jode
que me despierte
el sol,
y no otra,
que no eres tú.
rodeada de mariposas.
Me soltabas al segundo
como si te fueras a quemar.
Como si te fueras.
Volver era sólo pasar por el mismo sitio
y enamorarte otra vez,
pero al reves.
Teníamos códigos porque no nos sabiamos querer,
y reventamos millones de cajas debiles porque tampoco
sabíamos no hacerlo.
Nos bailaron todas las canciones que escuchabamos en la cocina,
agarrados de la ropa,
como si en su lugar
nos agarrasemos la vida
con la sutilidad
de un campo de minas.
Bailabamos todas las canciones que nos recordaban
a nosotros cantandolas a nadie.
Nos arrancabamos pestañas solo para
cumplir deseos
porque las promesas
no nos iban… y nunca volvieron.
Recuerdo hacernos heridas con la grava
de mil patios de colegios
solo para besarnoslas
a la hora del almuerzo.
Y el desayuno
y la comida
y la cena.
La última.
Me cosí una espiral en el pecho
y tú sólo dabas vueltas al rededor
de ella como acariciando una
herida que no ibas a curar.
La sal escuece
y limpia.
Y yo,
me habría ensuciado
hasta la respiración
con tal de seguir
notando la tuya en mi nuca.
Cuando me di la vuelta
me vi por dentro;
salí a buscarme cerrando de un portazo
las puertas de tu casa,
y conseguí escaparme
por mis pupilas.
Escuche a un silencio gritar:
“AQUÍ NO”.
Y me mude a una habitación
sin percianas
para que no me recordasen
lo que me jode
que me despierte
el sol,
y no otra,
que no eres tú.