Laten amedrentadas tus sienes cada vez que susurro en gélido éter tu nombre sagrado. Decides levantarte trémulo del diván del hastío y repetir conmigo otra vez tu nombre. Pero no recuerdas nada. Hace tiempo que tu alma quedó atrofiada en las mazmorras vetustas de tu trepanado cerebro. Entonces, una lágrima de conmiseración corre de mi ojo izquierdo. Siguiendo la arrugada mejilla de un octogenario. Pero me digo: "No más". Entonces tú corres el velo de la cruel sinrazón para volver a las tinieblas de la severa locura. Donde hace tiempo que cohabitas con tristeza impune. No obstante, yo sigo a tu lado por los lazos que una noche de fidelidad lunar envolvieron nuestras manos. Cuando aún éramos jóvenes de dicharachero semblante.