Ernst Nietzsche
Poeta recién llegado
Al sentirme perdido en tu blanca piel
encontré la brújula para navegarte.
Un punto solitario, de referencia en la claridad de tu espalda.
Al noreste tu cuello, que sostiene perennemente tu cabeza,
la que se enreda cada mañana en finos nudos negros;
y ya en la noche parece cubierta de olas errantes.
Al sur lo extenso de tu dorso, que es llanura tranquila,
de terreno terso, que a veces parece sin fin,
y otras tan breve que ya lo he recorrido apenas comienzo a besarlo.
Más allá de tu promontorio hay territorios conocidos,
que sin embargo son de cuidado,
los relieves macizos de tus caderas, que al poco se pronuncian,
y de luego se precipitan. Y sigue el camino en pendiente,
por esos senderos curvados que son tus piernas, que tienen su límite
en en formas griegas, que suelen estremecerse si las toco.
Y al oeste la frontera. El límite que nunca llega, al que navego
cuando quiero descubrir tu otro mundo, el que a vista de vigía
suelo recorrer completo con la mirada, el que me fascina.
En el que veo siempre la guía de dos faros pardos,
grandes y bien dispuestos, en referencia a esa emergencia
que siempre apunta hacia mí cuando te miro.
Pero es de buen observador reconocer, que a pesar de la belleza
de ese paisaje anterior, es tu lado oculto el que más me gusta recorrer.
Ese en el que a veces me pierdo, y en el que he encontrado una brújula para recorrerlo,
una pequeña referencia grana, un punto bermejo dibujado en tu hombro,
que es lugar de llegada y de partida.
encontré la brújula para navegarte.
Un punto solitario, de referencia en la claridad de tu espalda.
Al noreste tu cuello, que sostiene perennemente tu cabeza,
la que se enreda cada mañana en finos nudos negros;
y ya en la noche parece cubierta de olas errantes.
Al sur lo extenso de tu dorso, que es llanura tranquila,
de terreno terso, que a veces parece sin fin,
y otras tan breve que ya lo he recorrido apenas comienzo a besarlo.
Más allá de tu promontorio hay territorios conocidos,
que sin embargo son de cuidado,
los relieves macizos de tus caderas, que al poco se pronuncian,
y de luego se precipitan. Y sigue el camino en pendiente,
por esos senderos curvados que son tus piernas, que tienen su límite
en en formas griegas, que suelen estremecerse si las toco.
Y al oeste la frontera. El límite que nunca llega, al que navego
cuando quiero descubrir tu otro mundo, el que a vista de vigía
suelo recorrer completo con la mirada, el que me fascina.
En el que veo siempre la guía de dos faros pardos,
grandes y bien dispuestos, en referencia a esa emergencia
que siempre apunta hacia mí cuando te miro.
Pero es de buen observador reconocer, que a pesar de la belleza
de ese paisaje anterior, es tu lado oculto el que más me gusta recorrer.
Ese en el que a veces me pierdo, y en el que he encontrado una brújula para recorrerlo,
una pequeña referencia grana, un punto bermejo dibujado en tu hombro,
que es lugar de llegada y de partida.
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