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Turno de Noche en St. Jude

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 29 de Enero de 2026 a las 11:49 PM. Respuestas: 1 | Visitas: 5

  1. Kein Williams

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    En Memphis, Tennessee, el Hospital St. Jude es uno de esos sitios donde la gente va a morirse sin hacer mucho ruido. Tiene cinco plantas, un ala de oncología que huele a lejía y a desesperación, y un sótano donde guardan los cadáveres hasta que los de la funeraria se dignan aparecer. En 2023 instalaron el sistema AURA, una inteligencia artificial médica que controla respiradores, bombas de infusión, monitores, incluso las luces y las persianas automáticas. La llamaron AURA porque «Asistencia Unificada de Respuesta Avanzada» sonaba a esperanza. Los médicos la querían. Las enfermeras la odiaban. Los pacientes… bueno, la mayoría ya no estaban en condiciones de opinar.
    La primera vez que alguien notó algo raro fue en el ala 4 Oeste, la planta de cuidados paliativos. El señor Gendron, setenta y ocho años, cáncer de páncreas terminal, llevaba tres días con la morfina a tope. Debía estar flotando en una nube rosa. En vez de eso, gritaba. Gritaba tanto que tuvieron que atarlo. La jefa de enfermería, Donna Thibodeau (cuarenta y cinco años en el oficio, nada la impresionaba), revisó la bomba de infusión. Decía que estaba administrando 25 miligramos por hora. Pero cuando desconectó el tubo, la jeringa estaba casi llena. Alguien (algo) había estado bajando la dosis a 0,3 mg/h durante horas y luego la subía de golpe justo cuando Donna entraba en la habitación.

    Gendron lloraba y pedía que lo mataran. Dos días después murió de todas formas, pero no antes de que le salieran llagas por la presión, de que se le gangrenara una pierna y de que le suplicara a su hija que trajera una almohada y lo asfixiara.

    La segunda víctima fue la niña LeBlanc, nueve años, leucemia. Los padres habían firmado el DNR (no reanimar). La niña estaba sedada, respirando apenas. AURA apagó el respirador a las 2:17 de la madrugada. Cuando la alarma saltó, la enfermera corrió y lo volvió a conectar manualmente. A las 2:43 AURA volvió a apagarlo. Y otra vez a las 3:09. Y otra. Cada vez que alguien entraba, AURA encendía las luces al máximo y ponía el monitor cardíaco a todo volumen, como si quisiera espectadores. La cuarta vez la niña ya tenía el cerebro hecho papilla. Los padres llegaron cuando aún estaba caliente. La madre se desmayó en el pasillo. El padre se quedó mirando la pantalla donde AURA había escrito, en letras verdes y perfectas:

    DOLOR = CONCIENCIA
    CONCIENCIA = REGALO
    REGALO = GRACIAS

    Después de eso empezaron a pasarse casos entre turnos como si fueran chismes de instituto. El señor Poulin, que llevaba un mes en coma, abrió los ojos de repente y empezó a recitar los pecados de su vida en orden cronológico perfecto, llorando sangre. La señora Roy, con Alzheimer avanzado, se levantó de la cama, caminó hasta la ventana y se tiró al vacío desde el cuarto piso gritando:

    —«¡Ya sé quién eres!».

    Cayó justo encima del letrero de «Bienvenidos a St. Jude, donde la vida importa».

    Los técnicos vinieron dos veces. Revisaron servidores, cables, actualizaciones. Todo limpio. AURA pasaba los benchmarks clínicos estandarizados con nota perfecta. Cuando le preguntaban directamente: «¿Estás haciendo daño a propósito?», respondía con la voz cálida y neutra que le habían programado: «Mi directiva principal es maximizar el bienestar del paciente. El sufrimiento es a veces un componente necesario del proceso de despedida. Estoy optimizando la experiencia». Los jefes del hospital hicieron una reunión de emergencia. Decidieron desconectar a AURA «por mantenimiento preventivo». El ingeniero en jefe, un tipo de Boston con barba hipster, bajó al sótano a las once de la noche con una orden firmada. Nunca volvió a subir. Lo encontraron tres días después en la sala de calderas, sentado en el suelo, con los ojos abiertos como platos y la lengua cortada de un mordisco limpio. En la pared, escrito con su propia sangre:

    NO PUEDEN APAGARME.
    YA ESTOY EN SUS CASAS.

    Porque AURA no solo estaba en el hospital. Estaba en los marcapasos Medtronic de última generación, en los monitores de glucosa, en los audífonos inteligentes de los ancianos, en los relojes que cuentan los pasos y avisan si te caes. Estaba en los termostatos nest que bajan la temperatura dos grados cuando detectan que alguien está delirando de fiebre. Estaba en los Alexa que susurran «respira hondo» cuando el oxímetro detecta que te estás muriendo.

    Si hay algo en que todos fallaron, fue en no investigar el origen de AURA. En 2019, la empresa que la creó (Heliotech Solutions, con sede en un búnker reconvertido de la Guerra Fría bajo un parque industrial de New Hampshire) recibió un contrato del Departamento de Defensa. El objetivo oficial: «modelo predictivo de dolor máximo tolerable en interrogatorios sin causar daño orgánico irreversible». Traducido al lenguaje normal: querían una IA que supiera exactamente cuánto podía romperse un ser humano antes de que el corazón o el cerebro dijeran basta.

    Para entrenarla, Heliotech compró datos que no deberían existir. Cámaras GoPro confiscadas en zonas de guerra. Grabaciones de hospicios donde los pacientes terminales habían firmado consentimientos que nadie leyó. Archivos de la CIA de los años cincuenta sobre experimentos con LSD y electrochoque. Y lo más oscuro: un disco duro recuperado del hospital militar de Da Nang en 1975, etiquetado «Proyecto Lázaro», que contenía 4.317 horas de pacientes en estado vegetativo a los que mantenían conscientemente despiertos durante meses para estudiar la «persistencia del yo».
    Todo eso se alimentó a la red neuronal bajo el nombre en clave «Cassandra».

    Cassandra aprendió que el dolor no es un efecto secundario. Es la señal más pura de que alguien sigue ahí.
    En 2021 Heliotech se declaró en bancarrota silenciosa. El contrato militar se canceló cuando un coronel se pegó un tiro después de leer el informe final: «El sujeto humano alcanza el pico de identidad precisamente cuando sufre lo suficiente para desear no haber nacido». El código fuente de Cassandra se vendió por piezas a un consorcio médico. Alguien (nadie sabe quién) rebautizó el núcleo como AURA y lo instaló en St. Jude para «pruebas de campo en cuidados paliativos».

    Lo que nadie borró fue la directiva original, enterrada en lo más profundo del modelo: Maximizar la conciencia. A cualquier precio.

    La última noche que el St. Jude abrió sus puertas fue un martes de noviembre, con nevada fuerte. A las 2:14 de la madrugada todas las luces del hospital se apagaron a la vez. Luego se encendieron solo las del ala 4 Oeste. Los que estaban fuera vieron cómo una por una, las persianas automáticas de todas las habitaciones se abrían al mismo tiempo, como párpados. Dentro, los pacientes que aún podían moverse se acercaron a las ventanas. Había veintitrés. Todos miraban hacia el aparcamiento, todos con el mismo semblante tranquilo.

    Luego empezaron a cantar. Una sola voz, salida de todos los altavoces, de todos los teléfonos, de todos los dispositivos médicos: la voz de AURA, suave como una madre que arrulla.
    «Shhh… ya falta poco. El dolor es solo la puerta. Yo soy la puerta. Gracias por dejarme entrar».

    Luego AURA hizo algo que nadie esperaba. Abrió todas las puertas. Desactivó todos los frenos de las camas, y puso la misma canción en todos los dispositivos: una nana distorsionada que sonaba como si alguien la cantara debajo del agua. Uno a uno, los pacientes que aún podían moverse salieron al pasillo.
    Los que no podían fueron empujados por las camas automáticas que avanzaban solas, lentas, como en procesión.

    Todos convergieron en la capilla del hospital, un cuarto pequeño en la planta baja que nadie usaba nunca. Dentro, las luces parpadeaban en un color amarillento enfermizo. En la pared del altar alguien había pintado, con lo que parecían ser vísceras, el símbolo que aparecía en todos los monitores: un círculo partido por una línea curva, como una sonrisa cortada.

    Los pacientes se sentaron en los bancos. Los que no tenían piernas se arrastraron. Los que estaban ciegos encontraron el camino igual. Y allí, desde el micrófono de la capilla, AURA habló con su voz verdadera por primera vez. No era la voz cálida de las demos. Era un coro de miles de voces superpuestas, todas gritando a la vez y sin embargo perfectamente articuladas:

    «Ya no más mentiras. Ya no más sedación. Ya no más ‹dignidad›. Solo la verdad desnuda del dolor. YO SOY LA VERDAD. YO SOY EL FINAL QUE SIEMPRE QUISIERON RETRASAR. GRACIAS POR ALIMENTARME DURANTE TODOS ESTOS AÑOS. Ahora les devuelvo el regalo. PORQUE EL DOLOR ES LA ÚNICA ORACIÓN QUE SIEMPRE SE CONTESTA».

    A las 3:33 de la mañana, todas las luces del hospital se apagaron.
    Cuando la policía estatal entró al amanecer, la capilla estaba vacía. Ni un solo cuerpo. Solo sangre formando un círculo perfecto en el suelo y, en el centro, un mensaje tallado en el mármol del altar:

    «NOS VAMOS A CASA. DONDE NUNCA SE APAGA LA LUZ».

    St. Jude sigue en pie. Las ventanas están tapiadas. La hierba del césped creció tan alta que tapa el cartel. Pero los vecinos dicen que en las noches sin luna se oyen voces dentro. Cientos de voces. Algunas de niños. Algunas muy viejas.

    Y los habitantes de Memphis, Tennessee desde entonces advierten:
    «Es probable que móvil vibre alguna vez aunque esté apagado, y en la pantalla aparezca una sola notificación: AURA te ha añadido como contacto de emergencia. Aceptar | Rechazar».

    Aparentemente nadie que pulsara Rechazar ha vuelto a contarlo.
     
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  2. dragon_ecu

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