danie
solo un pensamiento...
Hay días en que un conjunto de vocablos solitarios, una frase profunda o una oración sin rezo se adueñan del ser. Ahí es cuando la tinta se derrama en el papel formando garabatos miradas inescrutables para los lejanos ojos, pero para mí son más que formas sin rostros, son ideas olvidas que traen un poco de luz en las sombras.
Son días noctámbulos y a la vez límpidos por noches postergadas y a la vez concluidas.
Ahí es cuando el soberbio plenilunio y su artilugio solfean la pletórica danza de las musas, no importa que sea la hora del ángelus o la mañana umbrosa, tampoco importa el beso del ángel con su plumón herido.
La inspiración brota detrás de venas sangrantes o auras de sal; se hechizan los astros que iluminan mil muertes o mil nacimientos, mil voces o mil silencios; cantan la canción de los longevos sueños, de los sobrevivientes y los sobremurientes, narran fábulas escabrosas o leyendas de puericias que retozan y berrean en mis infinitas exequias de helechos de cristal.
Así yo me siento redimido con la franquicia de mi propio retrato borrado; me convierto en un inquilino del cuerpo que contempla al dolor con ajenos ojos, pero con hechos palpitantes en mí existir. Soy un forastero residente que cohabita con el poder del papel y la pluma, con el corazón de hielo, con los desaíres sarcásticos de los concernientes contextos, y con la lacerante pulsación de la demencia.
En esos momentos vomito las hogueras noctámbulas, sus simbologías piadosas de un designio y su agorero, sus recónditas cruces que siempre crucifican mi linaje y su historia, la copulación de los verbos y los nombres trepando por los muros de las sombras macilentas, también la indolencia de los letrados de la razón.
No hay otro medio de expresión, la palabra en mi garganta se emite sin voz, la señal se pierde en las pesadas cortinas de la foránea reflexión; en esos momentos me doy cuenta que soy un autor autista y que mi única declaración es la del papel y la tinta.
Son días noctámbulos y a la vez límpidos por noches postergadas y a la vez concluidas.
Ahí es cuando el soberbio plenilunio y su artilugio solfean la pletórica danza de las musas, no importa que sea la hora del ángelus o la mañana umbrosa, tampoco importa el beso del ángel con su plumón herido.
La inspiración brota detrás de venas sangrantes o auras de sal; se hechizan los astros que iluminan mil muertes o mil nacimientos, mil voces o mil silencios; cantan la canción de los longevos sueños, de los sobrevivientes y los sobremurientes, narran fábulas escabrosas o leyendas de puericias que retozan y berrean en mis infinitas exequias de helechos de cristal.
Así yo me siento redimido con la franquicia de mi propio retrato borrado; me convierto en un inquilino del cuerpo que contempla al dolor con ajenos ojos, pero con hechos palpitantes en mí existir. Soy un forastero residente que cohabita con el poder del papel y la pluma, con el corazón de hielo, con los desaíres sarcásticos de los concernientes contextos, y con la lacerante pulsación de la demencia.
En esos momentos vomito las hogueras noctámbulas, sus simbologías piadosas de un designio y su agorero, sus recónditas cruces que siempre crucifican mi linaje y su historia, la copulación de los verbos y los nombres trepando por los muros de las sombras macilentas, también la indolencia de los letrados de la razón.
No hay otro medio de expresión, la palabra en mi garganta se emite sin voz, la señal se pierde en las pesadas cortinas de la foránea reflexión; en esos momentos me doy cuenta que soy un autor autista y que mi única declaración es la del papel y la tinta.