Un día de trabajo

elissp

Poeta recién llegado
-Bienvenido, pase, pase -le digo, al perro de tres patas- aquí tenemos lugar para uno más, pero no se me vaya a quedar dormido, que a las cinco en punto debe desocupar.

Empiezo a barrer la entrada, como si de algo sirviera. Cómo si la gente se fijara la suciedad que pisa cuando anda atarriada de un lugar a otro. Y se ven la flores multicolores rebosantes de vida, y uno que otro vagabundo que con la cara lánguida camina con la sonrisa rota... Los felpudos andan desnudos por todas partes exhibiéndose al mejor postor, para luego terminar en la esquina de un cuarto gris, gimoteando sin mayor sentido.

El perro ya está adentro, con la patas sucias me lo mancha todo: “ojalá se marche pronto”, pienso, y sigo limpiando. Me coloco justo a su lado y empiezo a lanzarle polvo en el hocico, tose y sigue durmiendo; sólo tiene hasta las cinco.

Más tarde llega el perico, mi patrón, con sus plumas de oro pintadas en la ferretería...

-Ya están todos adentro- dice afable-, me parece que hoy empezaremos temprano, necesito todas las pulgas para la pared de afuera. Si no ven la sangre las monjas no me ayudan, y hay muchas bocas que alimentar, o ¿usted se alimenta sola?, !trabaje!, !trabaje!...

Rememoro los días, pero todos me parecen iguales, es como si nunca hubiese sido pequeña, como si hubiese nacido con la ropa puesta. En la televisión pasan la noticia de algún atentado, de hombres muertos, hablan de derechos, de alegría. En el estudio se ven a los presentadores con sus máscaras blancas, y un punto rojo que asoma en su pecho. Me imagino cómo será eso de la televisión: “me veo sentada enfrente de la cámara con mi mejor sonrisa dibujada, y sigo los textos que alguien ha resumido para mi”. Todas esas tragedias me preocupan por una semana, pero luego hay algo mejor de que hablar, y me olvido de lo anterior. Después de todo, !que puedo hacer si el tiempo que dedico a mi trabajo no me lo permite? Entonces agarro nuevamente la escoba y sigo barriendo.

Se acerca la hora de la salida. Me acerco al perro y empiezo hacer la mayor bulla posible para que se levante, entonces se pone de pie... El cuarto está oscuro con las paredes de un color acre, casi derruidas, un olor a muerte se desprende del suelo, pero no me importa porque ya me voy para mi casa. El perro se levanta y con la mirada torva se aleja lentamente hacia la puerta, dando respingos; llamo su atención con un silbido. Se acerca desconfiado, y yo le estiro un palo viejo que tenía tirado en el piso para que se lo ate en vez de la pata que le falta.

Afuera hace un frío tremendo, y cae una llovizna leve como una colcha que lo cubre todo, las luces parpadean mientras desaparezco en la sombra de un callejón sin salida...
 
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Un fuerte abrazo dragon. No conozco Quito; me la he pasado en Cuenca, Guayaquil, y en el oriente (Macas, el Puyo, Sucua), pero "Quito" es un sueño que quiero recorrer con el alma ferviente...
 

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