Un hombre sin corazón

danie

solo un pensamiento...
Un día Dios le pidió al hombre que sacrifique alguna parte de su cuerpo.
Como el hombre se quedó, completamente, mudo ante tal demanda, Dios le dijo posibles partes que, él, podía ofrendar a un grupo de zopilotes hambrientos.
―¿Por qué no ofreces tus manos?
―No, mis manos no, con mis manos construyo armamento bélico, también con ellas talo bosques enteros, contamino mares y ríos, urbanizo ciudades y siembro miseria.
―¿Entonces, por qué no ofreces tus ojos?
―No, mis ojos no, gracias a ellos siempre aprendo cosas nuevas que las puedo emplear para beneficio propio, también me traen grandes satisfacciones y placeres para mi cuerpo, y de última cuando no quiero usarlos puedo desviar la mirada con indiferencia.
―¿Tal vez, puedas ofrecer tu lengua?
―No, mi lengua no, con ella puedo maldecir y blasfemar impúdicamente todo lo que quiera.
―¿Tal vez, puedas ofrecer tus pies?
―No, mis pies no, con ellos me muevo por el mundo, de un lado hacia el otro, dejando un manto de soledad y tristeza.
―¿Qué puedes ofrecer, entonces, a este grupo de zopilotes hambrientos?¿ Qué es lo que realmente no necesitas de tu cuerpo? ―pregunta, ya cansado, Dios.
El hombre se quedó en silencio pensando un par de minutos.
―¡Ya lo tengo! ―dijo el hombre con cara como si hubiese tenido una genial idea.
―Mi corazón, puedo ofrecer mi corazón.
―¿Estás seguro? ―le preguntó Dios.
― Sí, estoy seguro, señor mío, hace tiempo que no uso a éste músculo inútil, es más, ya por su desuso está completamente empolvado y vacío. Creo que se volvió una rígida piedra que ya ni late.
―¡Muy bien, entonces, que se haga así! ―afirmó Dios.
Los zopilotes se acercaron al hombre, le abrieron el pecho con sus afilados picos y se comieron de a pedazos el inerte corazón.

Al amanecer siguiente, el hombre, se despertó por el llanto de su madre.
―¿Por qué lloras, madre? ―preguntó el hombre.
La madre con intercalados sollozos le comentó que su padre había muerto en una guerra que él había creado, también su pequeña hermanita se disparó un tiro jugando con una pistola que él sobre la cómoda dejó, y que a ella le habían diagnosticado 24 horas de vida por una radiación nuclear causada por la contaminación que él trajo.

El hombre sintió una necesidad imperiosa de abrazar y consolar a su madre, pero no sabía cómo hacerlo; se sintió muy raro, no era tristeza pero tampoco alegría, sintió una apatía que jamás hasta el momento había sentido y un vacío total que lo alejó de todo sentimiento. Entonces quiso llorar, pero sus ojos no podían expulsar ninguna lágrima, quiso gritar de rabia y dolor, pero su garganta no emitió palabra alguna, sólo se quedó indolente oyendo lo que dijo su madre.

Su madre, al ver que el hombre no respondió de ninguna forma alguna, le preguntó con más llanto y dolor que antes: ―¿acaso, tú, tienes corazón?
El hombre no respondió y con indiferencia se marchó hacia su alcoba para luego lamentarse con un dejo de conciencia por haber sacrificado a su corazón y no otra parte de su cuerpo. Sabía que se iba a lamentar por siempre no poder abrazar a su madre y pedirle perdón, ni siquiera, ante su agonizante y último aliento.
 
Muy conmovedores versos, nos hacen un llamado a la reflexión. Un gusto pasar.
Un abrazo y muchas bendiciones!!
 
Bastante interesante y reflexivo tu trabajo. Una pesona a solas, en estas circunstancias debe sentir un vacío enorme. Un placer recorrer tus letras.
 
Un día Dios le pidió al hombre que sacrifique alguna parte de su cuerpo.
Como el hombre se quedó, completamente, mudo ante tal demanda, Dios le dijo posibles partes que, él, podía ofrendar a un grupo de zopilotes hambrientos.
―¿Por qué no ofreces tus manos?
―No, mis manos no, con mis manos construyo armamento bélico, también con ellas talo bosques enteros, contamino mares y ríos, urbanizo ciudades y siembro miseria.
―¿Entonces, por qué no ofreces tus ojos?
―No, mis ojos no, gracias a ellos siempre aprendo cosas nuevas que las puedo emplear para beneficio propio, también me traen grandes satisfacciones y placeres para mi cuerpo, y de última cuando no quiero usarlos puedo desviar la mirada con indiferencia.
―¿Tal vez, puedas ofrecer tu lengua?
―No, mi lengua no, con ella puedo maldecir y blasfemar impúdicamente todo lo que quiera.
―¿Tal vez, puedas ofrecer tus pies?
―No, mis pies no, con ellos me muevo por el mundo, de un lado hacia el otro, dejando un manto de soledad y tristeza.
―¿Qué puedes ofrecer, entonces, a este grupo de zopilotes hambrientos?¿ Qué es lo que realmente no necesitas de tu cuerpo? ―pregunta, ya cansado, Dios.
El hombre se quedó en silencio pensando un par de minutos.
―¡Ya lo tengo! ―dijo el hombre con cara como si hubiese tenido una genial idea.
―Mi corazón, puedo ofrecer mi corazón.
―¿Estás seguro? ―le preguntó Dios.
― Sí, estoy seguro, señor mío, hace tiempo que no uso a éste músculo inútil, es más, ya por su desuso está completamente empolvado y vacío. Creo que se volvió una rígida piedra que ya ni late.
―¡Muy bien, entonces, que se haga así! ―afirmó Dios.
Los zopilotes se acercaron al hombre, le abrieron el pecho con sus afilados picos y se comieron de a pedazos el inerte corazón.

Al amanecer siguiente, el hombre, se despertó por el llanto de su madre.
―¿Por qué lloras, madre? ―preguntó el hombre.
La madre con intercalados sollozos le comentó que su padre había muerto en una guerra que él había creado, también su pequeña hermanita se disparó un tiro jugando con una pistola que él sobre la cómoda dejó, y que a ella le habían diagnosticado 24 horas de vida por una radiación nuclear causada por la contaminación que él trajo.

El hombre sintió una necesidad imperiosa de abrazar y consolar a su madre, pero no sabía cómo hacerlo; se sintió muy raro, no era tristeza pero tampoco alegría, sintió una apatía que jamás hasta el momento había sentido y un vacío total que lo alejó de todo sentimiento. Entonces quiso llorar, pero sus ojos no podían expulsar ninguna lágrima, quiso gritar de rabia y dolor, pero su garganta no emitió palabra alguna, sólo se quedó indolente oyendo lo que dijo su madre.

Su madre, al ver que el hombre no respondió de ninguna forma alguna, le preguntó con más llanto y dolor que antes: ―¿acaso, tú, tienes corazón?
El hombre no respondió y con indiferencia se marchó hacia su alcoba para luego lamentarse con un dejo de conciencia por haber sacrificado a su corazón y no otra parte de su cuerpo. Sabía que se iba a lamentar por siempre no poder abrazar a su madre y pedirle perdón, ni siquiera, ante su agonizante y último aliento.

,
un mensaje profundo entre lineas bien logrado, tu poema es ejemplar. un gusto pasar por tus letras ,amigo poeta danie un saludo con afecto.
 

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo (opcional) de nuestra comunidad.

♥ Hacer una donación
Atrás
Arriba