Atenea Sheresada
Poeta fiel al portal
Sentada en la oficina de lo más trillado y aburrido que hay, me aventuro a ser un poco diferente, en lugar de matar las pocas neuronas que me quedan en un juego de solitario, tomo un libro que tengo intención de leer hasta el final, tecleo las palabras menos comunes, Beethoven claro de luna, con la opción menos pensada, repetir.
La puerta abierta permite la entrada del sol, que en ocasiones prefiere ocultarse tras las nubes, en el piso se proyecta la sombra del único árbol de todo el corredor externo, comienzo a leer; escritorio y oficina desaparecen, de pronto me encuentro en una hermosa cabaña en las montañas, el crujir del techo de madera terminan por darme esa impresión.
No hay carros, ni gente, no hay mas sonido que el de la música clásica, que a veces se ve interrumpido por el ruido agradable de las hojas moviéndose al compás del viento. No entré en la historia del libro, estoy en mi propio momento de inspiración.
De pronto una voz me dice buenas tardes todo aquello desaparece, duró solo un instante.
Con un suspiro y algo de descontento, sonrió digo buenas tardes y regreso a lo monótono de la cotidianidad.
La puerta abierta permite la entrada del sol, que en ocasiones prefiere ocultarse tras las nubes, en el piso se proyecta la sombra del único árbol de todo el corredor externo, comienzo a leer; escritorio y oficina desaparecen, de pronto me encuentro en una hermosa cabaña en las montañas, el crujir del techo de madera terminan por darme esa impresión.
No hay carros, ni gente, no hay mas sonido que el de la música clásica, que a veces se ve interrumpido por el ruido agradable de las hojas moviéndose al compás del viento. No entré en la historia del libro, estoy en mi propio momento de inspiración.
De pronto una voz me dice buenas tardes todo aquello desaparece, duró solo un instante.
Con un suspiro y algo de descontento, sonrió digo buenas tardes y regreso a lo monótono de la cotidianidad.