Carrizo Pacheco
Moderador Global.Corrector.Miembro del Jurado
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Moderador Global
Miembro del JURADO DE LA MUSA
Corrector/a
Director de concursos
Equipo Revista "Eco y latido"
UN MARCO PARA TU BELLEZA
El calendario pretende hacerme creer que sólo han pasado dos días desde nuestro encuentro. Sin embargo el caudal de sentimientos que te he dedicado en ese lapso resultó ser tan abundante, que el tiempo de mi ansioso deseo ha sido detenido para darle paso a su impostergable corriente.
Cuando te vi, entre el aire desdibujado de una exposición de pinturas, quedé inmediatamente (y desde entonces no he salido) en el interior de una realidad que sin dudas merecería ser fantástica.
Como tu belleza está a la vista, me limitaré a describir tu alma, sobre la que insistentemente he reflexionado usando como sentido la mente del corazón.
Tu espiritualidad es como una reunión de brillos coloridos emanados por las entrañas de las más variadas piedras preciosas; las mismas que han sido sembradas por las acrisoladas manos de los dioses en el lecho de un arroyo cristalino que recorre sin cesar los hemisferios. Esas rocas traslúcidas te ungen una frescura que sólo se deja entibiar por las lunas y los soles que se eclipsan ante la sombra encantada de tu enigma desafiante.
Me pregunto cómo habrás logrado resistir el feroz contraste de la vulgaridad que te rodea. El arte de tu esencia merece ser homenajeado por un marco más digno de tu belleza incontenible. Mientras tanto, desde la abundancia, me desvivo por el alma de tu vida.
La contemplación de tu ausencia retumba en el eco desolado de mis pensamientos.
Lo más sensato que podría hacer para rescatarte, decididamente sucederá en unos pocos minutos, cuando te arranque para siempre de las manos manchadas de ese pintor insensible que te ha ensuciado con su firma garabateada entre la atmósfera de su atelier miserable… entonces, por fin te llevaré hasta este magnífico salón; aquí, feliz he colgar tu cuerpo para darte la vida que te has ganado con tu inmortalidad.
El calendario pretende hacerme creer que sólo han pasado dos días desde nuestro encuentro. Sin embargo el caudal de sentimientos que te he dedicado en ese lapso resultó ser tan abundante, que el tiempo de mi ansioso deseo ha sido detenido para darle paso a su impostergable corriente.
Cuando te vi, entre el aire desdibujado de una exposición de pinturas, quedé inmediatamente (y desde entonces no he salido) en el interior de una realidad que sin dudas merecería ser fantástica.
Como tu belleza está a la vista, me limitaré a describir tu alma, sobre la que insistentemente he reflexionado usando como sentido la mente del corazón.
Tu espiritualidad es como una reunión de brillos coloridos emanados por las entrañas de las más variadas piedras preciosas; las mismas que han sido sembradas por las acrisoladas manos de los dioses en el lecho de un arroyo cristalino que recorre sin cesar los hemisferios. Esas rocas traslúcidas te ungen una frescura que sólo se deja entibiar por las lunas y los soles que se eclipsan ante la sombra encantada de tu enigma desafiante.
Me pregunto cómo habrás logrado resistir el feroz contraste de la vulgaridad que te rodea. El arte de tu esencia merece ser homenajeado por un marco más digno de tu belleza incontenible. Mientras tanto, desde la abundancia, me desvivo por el alma de tu vida.
La contemplación de tu ausencia retumba en el eco desolado de mis pensamientos.
Lo más sensato que podría hacer para rescatarte, decididamente sucederá en unos pocos minutos, cuando te arranque para siempre de las manos manchadas de ese pintor insensible que te ha ensuciado con su firma garabateada entre la atmósfera de su atelier miserable… entonces, por fin te llevaré hasta este magnífico salón; aquí, feliz he colgar tu cuerpo para darte la vida que te has ganado con tu inmortalidad.
Ariel Carrizo Pacheco
7 de febrero de 1999
7 de febrero de 1999
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