Raul Matas Sanchez
Poeta adicto al portal
Clamor,
un enjambre de caramelos de miel,
a veces descansa en el pan, o a cucharadas cuando el ansia arrecia.
Clérigo sin hábito, difuso mensaje,
a medias el corazón, repleto de linaje.
que late una vez por medio.
Se enciende cuando veo sus ojos,
un encendido deseo de tocar su piel encendida por la miel,
y volver a tocar su frente humeante,
llevado a Dios,
a su divina creación, fueron hombres los que maldijeron al Buen Padre,
él nos regaló la piel y sensaciones, abrazos y temores, cuando los de hábito decretaron no más dicha para traer vida,
no más dicha,
para nacer varón o niña.
El monje bueno se estremece y mira a Dios, abrazandonos a todos desde esa cruz.
El monje malo resiente tanta simiente y da alaridos con orgasmos pasajeros,
y se siente infeliz.
Sin embargo, El Gigante Hombre de la Cruz le sonríe a ambos, y no descarta ni divide, no pugna ni se entromete, no discrepa ni discute, mucho menos golpea y nunca daña.
Nosotros somos los esbirros escarlatas,
las esencias que devoran mujeres jóvenes,
con su consentimiento, claro está.
¿Acaso escucho el lamento del mal monje?
Es así, y por eso su cuarto se ilumina de repente,
se vuelve incandescente y el monje mira con terror pero poco a poco sonríe sin temor,
tiene el abrazo del Hijo del Hombre,
y ya nada más es importante,
nada más,
determinante.
un enjambre de caramelos de miel,
a veces descansa en el pan, o a cucharadas cuando el ansia arrecia.
Clérigo sin hábito, difuso mensaje,
a medias el corazón, repleto de linaje.
que late una vez por medio.
Se enciende cuando veo sus ojos,
un encendido deseo de tocar su piel encendida por la miel,
y volver a tocar su frente humeante,
llevado a Dios,
a su divina creación, fueron hombres los que maldijeron al Buen Padre,
él nos regaló la piel y sensaciones, abrazos y temores, cuando los de hábito decretaron no más dicha para traer vida,
no más dicha,
para nacer varón o niña.
El monje bueno se estremece y mira a Dios, abrazandonos a todos desde esa cruz.
El monje malo resiente tanta simiente y da alaridos con orgasmos pasajeros,
y se siente infeliz.
Sin embargo, El Gigante Hombre de la Cruz le sonríe a ambos, y no descarta ni divide, no pugna ni se entromete, no discrepa ni discute, mucho menos golpea y nunca daña.
Nosotros somos los esbirros escarlatas,
las esencias que devoran mujeres jóvenes,
con su consentimiento, claro está.
¿Acaso escucho el lamento del mal monje?
Es así, y por eso su cuarto se ilumina de repente,
se vuelve incandescente y el monje mira con terror pero poco a poco sonríe sin temor,
tiene el abrazo del Hijo del Hombre,
y ya nada más es importante,
nada más,
determinante.