Leonardo Vinci
Poeta recién llegado
Ni el suspiro construido por la fascinación de la infancia, ni el ruido del mar como golpes en la noche despojando de sus almas a los pájaros tardíos, reposan en mí como una segunda vida, sino esa veta de níquel; esa veta, que recorre como un capricho terrestre lo alto del hexaedro de tu cara como un albur, y que no es, ni la dulce canción de las profundidades, cuando en la intimidad de la siesta me recostaba en el piso para oír el más allá cuando niño, ni la palabra precisa que creo tener hoy. Desconozco la existencia de un verso, o no sé cómo llamarlo, que pueda acostumbrarse a mi garganta o hacerla suya; un verso que pueda morir en paz, o despertar con el sigilo de tu paso aunque yo esté dormido.