ludmila
Poeta veterano en el portal
Era un día miércoles, 13 de diciembre, finales del siglo XX. La estación estaba colmada, 35 grados, la sensación térmica. Un típico verano porteño, colores, humores, iban y venían, en el corazón de un murmullo con olor a silbatos a guardias y a destino. Destinos suburbanos del siglo XX. Tercer mundo surrealista de lotería y esperanzas arrebatadas. De rubias y desteñidas almas con destino tercermundista. De castaños panes calientes y grasos, de miradas cómplices implicadas con el interés mezquino de un cigarrillo tirado en los andenes pretéritos, la anteúltima pitada, el anteúltimo camino.
La estación Constitución* estaba a full, la escala de movimientos a punto de prender la alarma. A lo lejos las vías se unían en un plano infinito. En lo alto las palomas trazaban una red imaginaria de telas, entre aleteos de seducción y de rituales. Se le secaba la garganta, Ludmila esperaba para sacar boleto. En realidad quería sacar boleto a otro destino, no sabía bien a cual. El cartel anunciaba:” PROXIMO TREN A LA PLATA 16:45 hs. El vendedor de boletos le rozó los dedos apenas, cuando le dio el vuelto. El andén estaba mojado. Se sentó en el segundo vagón al lado de la ventanilla. No le importó si de este lado le iba a dar el sol. Quería que el tren comenzara a andar, que el viento cálido le separara el cabello, que le besara los ojos.
A las 16:51 estaba llegando a la estación Avellaneda, pero Ludmila esperaba llegar a otro lado. Esperaba que pasara algo asombroso y fuera de lo común por que no se atrevía a que pasara algo fuera de lo común en su vida. Esperaba que eso viniera desde afuera. Pero qué tenía de asombrosos el viaje que ella hacía todos los días a la misma hora en el mismo tren, en el que viajaba hace 5 años, desde que había conseguido ese puesto en la editorial del viejo Ramón. Que la explotaba como a todos los otros empleados que trabajaban allí. Más que acomodar libros y limpiar los estantes qué otra cosa podía hacer?. Por qué a los 23 años se le había ocurrido pensar que podía hacer otra cosa?
Ludmila era tímida, hasta le costaba pedir permiso para bajar en la estación entre toda la gente que se apretujaba en el pasillo. Miedosa para cambiar la relación que tenía con su jefe, para ir a bailar con sus amigas, que aunque pocas, las tenía. Se encerraba en su habitación y se escapaba en la lectura de sus libros de aventuras por países desconocidos o de mujeres atrevidas que se apasionaban con relaciones amorosas como ella nunca había tenido. Estaba fascinada con la lectura de Margarite Durás, con su vida y sus novelas. Se había llevado sin que el viejo Ramón se diera cuenta The Square. Después sin que pareciera que nadie lo haya leído, lo devolvería al estante de la izquierda, cerca de la oficina del dueño.
Estación Villa Domínico, el traqueteo del tren, el calor, los vendedores ambulantes, ese murmullo de todos los días le provocaba sopor. Tenía un cansancio de rutina cotidiana, un cansancio abúlico que la obligaba a entregarse a la tristeza del sueño sin sueños, a la esperanza secundaria y vacía de llegar rápido a ese punto aburrido, porque el otro destino, el que ella anhelaba había que construirlo, y se necesitaba tener coraje y osadía para cambiar tanto. Entonces Ludmila se entregó al primer destino, al que no le reportaba ningún peligro, ningún costo, al del sueño.
Cuando llegaba a la estación Don Bosco, ve que detrás del cartel negro con letras blancas hay otro cartel luminoso que le llamó la atención porque no había reparado antes. El tren se demoró un poco y el guarda pidió los pasajes. Ese hombre le extendió la mano y Ludmila le dio el boleto. Entonces escucha una voz por el parlante que invita a los señores pasajeros a abordar el tren de la vía número dos, pidiendo disculpas por las molestias causadas.
Ella se sintió molesta pero como era su costumbre no pudo pronunciar una sola palabra ni expresar su malhumor. En silencio, baja y sube, camina y se sienta nuevamente, pero sorprendida comprueba que el tren al que había arribado tiene asientos suaves, carteles luminosos y un mapa con todas las estaciones.. Más sorprendida se sintió aún cuando empieza a recorrer con la mirada los nombres a los que hacían referencia. Una interminable lista de carteles luminosos multicolores la iban a llevar a lugares totalmente desconocidos. No podía leerlos claramente, cuanto más se esforzaba, más se alejaba la posibilidad de leerlos. Ludmila se asustó, se desesperó, quiso correr y bajarse, pero no podía moverse ni gritar, estaba paralizada de pánico. Estaba inmersa en un mundo alienante que la agobiaba, se sentía perdida y sola. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, sintió rabia y muchas ganas de llorar pero no podía, los carteles se perdían en el infinito y recordó las vías de la estación Constitución y las palomas que revoloteaban en el techo de vidrio, y su jefe y su rutina diaria y las casas de todas las estaciones que recorría todos los días a la misma hora y los rostros anónimos de la gente que viajaba todos los días con la misma tristeza de todos los días.
Un grito doloroso, profundo y mudo le desgarró el pecho, sintió un ahogo que la inundaba de angustia y un silbato agudo y penetrante, la rescató de aquel lugar de pesadilla.
Estación La Plata. Ludmila bajó los tres escalones del tren, hacía mucho calor todavía.. Se sintió más aliviada. Caminó temblando esas dos cuadras hasta la parada del colectivo.
Estaba como aturdida sentía un poco de vértigo. Este viaje había sido distinto y pensó qué difícil le resultaban los cambios. Súbitamente se dio cuenta de que por lo menos hoy, había podido hacer otra cosa. Había elegido el destino primero por temor y sin embargo soñó que subía al tren de los otros destinos a los que tanto miedo les tenía, había tenido un sueño en su propio sueño y se había podido despertar. Imaginó muchos destinos nuevos. Trató de recordar los nombres de esas estaciones, pero no pudo. Se acordó que quería sacar pasaje a otro destino, pero no sabía a cual. Tal vez sería por eso que veía los carteles borrosos?. Estaba esperando el colectivo, el mismo colectivo de todos los días y sin embargo tenía la sensación de que el hoy era diferente.. Eligió otro lugar para sentarse. El viento le bajó el bretel azul de su solera, quería que le besara los labios y le secara la boca…
La estación Constitución* estaba a full, la escala de movimientos a punto de prender la alarma. A lo lejos las vías se unían en un plano infinito. En lo alto las palomas trazaban una red imaginaria de telas, entre aleteos de seducción y de rituales. Se le secaba la garganta, Ludmila esperaba para sacar boleto. En realidad quería sacar boleto a otro destino, no sabía bien a cual. El cartel anunciaba:” PROXIMO TREN A LA PLATA 16:45 hs. El vendedor de boletos le rozó los dedos apenas, cuando le dio el vuelto. El andén estaba mojado. Se sentó en el segundo vagón al lado de la ventanilla. No le importó si de este lado le iba a dar el sol. Quería que el tren comenzara a andar, que el viento cálido le separara el cabello, que le besara los ojos.
A las 16:51 estaba llegando a la estación Avellaneda, pero Ludmila esperaba llegar a otro lado. Esperaba que pasara algo asombroso y fuera de lo común por que no se atrevía a que pasara algo fuera de lo común en su vida. Esperaba que eso viniera desde afuera. Pero qué tenía de asombrosos el viaje que ella hacía todos los días a la misma hora en el mismo tren, en el que viajaba hace 5 años, desde que había conseguido ese puesto en la editorial del viejo Ramón. Que la explotaba como a todos los otros empleados que trabajaban allí. Más que acomodar libros y limpiar los estantes qué otra cosa podía hacer?. Por qué a los 23 años se le había ocurrido pensar que podía hacer otra cosa?
Ludmila era tímida, hasta le costaba pedir permiso para bajar en la estación entre toda la gente que se apretujaba en el pasillo. Miedosa para cambiar la relación que tenía con su jefe, para ir a bailar con sus amigas, que aunque pocas, las tenía. Se encerraba en su habitación y se escapaba en la lectura de sus libros de aventuras por países desconocidos o de mujeres atrevidas que se apasionaban con relaciones amorosas como ella nunca había tenido. Estaba fascinada con la lectura de Margarite Durás, con su vida y sus novelas. Se había llevado sin que el viejo Ramón se diera cuenta The Square. Después sin que pareciera que nadie lo haya leído, lo devolvería al estante de la izquierda, cerca de la oficina del dueño.
Estación Villa Domínico, el traqueteo del tren, el calor, los vendedores ambulantes, ese murmullo de todos los días le provocaba sopor. Tenía un cansancio de rutina cotidiana, un cansancio abúlico que la obligaba a entregarse a la tristeza del sueño sin sueños, a la esperanza secundaria y vacía de llegar rápido a ese punto aburrido, porque el otro destino, el que ella anhelaba había que construirlo, y se necesitaba tener coraje y osadía para cambiar tanto. Entonces Ludmila se entregó al primer destino, al que no le reportaba ningún peligro, ningún costo, al del sueño.
Cuando llegaba a la estación Don Bosco, ve que detrás del cartel negro con letras blancas hay otro cartel luminoso que le llamó la atención porque no había reparado antes. El tren se demoró un poco y el guarda pidió los pasajes. Ese hombre le extendió la mano y Ludmila le dio el boleto. Entonces escucha una voz por el parlante que invita a los señores pasajeros a abordar el tren de la vía número dos, pidiendo disculpas por las molestias causadas.
Ella se sintió molesta pero como era su costumbre no pudo pronunciar una sola palabra ni expresar su malhumor. En silencio, baja y sube, camina y se sienta nuevamente, pero sorprendida comprueba que el tren al que había arribado tiene asientos suaves, carteles luminosos y un mapa con todas las estaciones.. Más sorprendida se sintió aún cuando empieza a recorrer con la mirada los nombres a los que hacían referencia. Una interminable lista de carteles luminosos multicolores la iban a llevar a lugares totalmente desconocidos. No podía leerlos claramente, cuanto más se esforzaba, más se alejaba la posibilidad de leerlos. Ludmila se asustó, se desesperó, quiso correr y bajarse, pero no podía moverse ni gritar, estaba paralizada de pánico. Estaba inmersa en un mundo alienante que la agobiaba, se sentía perdida y sola. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, sintió rabia y muchas ganas de llorar pero no podía, los carteles se perdían en el infinito y recordó las vías de la estación Constitución y las palomas que revoloteaban en el techo de vidrio, y su jefe y su rutina diaria y las casas de todas las estaciones que recorría todos los días a la misma hora y los rostros anónimos de la gente que viajaba todos los días con la misma tristeza de todos los días.
Un grito doloroso, profundo y mudo le desgarró el pecho, sintió un ahogo que la inundaba de angustia y un silbato agudo y penetrante, la rescató de aquel lugar de pesadilla.
Estación La Plata. Ludmila bajó los tres escalones del tren, hacía mucho calor todavía.. Se sintió más aliviada. Caminó temblando esas dos cuadras hasta la parada del colectivo.
Estaba como aturdida sentía un poco de vértigo. Este viaje había sido distinto y pensó qué difícil le resultaban los cambios. Súbitamente se dio cuenta de que por lo menos hoy, había podido hacer otra cosa. Había elegido el destino primero por temor y sin embargo soñó que subía al tren de los otros destinos a los que tanto miedo les tenía, había tenido un sueño en su propio sueño y se había podido despertar. Imaginó muchos destinos nuevos. Trató de recordar los nombres de esas estaciones, pero no pudo. Se acordó que quería sacar pasaje a otro destino, pero no sabía a cual. Tal vez sería por eso que veía los carteles borrosos?. Estaba esperando el colectivo, el mismo colectivo de todos los días y sin embargo tenía la sensación de que el hoy era diferente.. Eligió otro lugar para sentarse. El viento le bajó el bretel azul de su solera, quería que le besara los labios y le secara la boca…
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