Carrizo Pacheco
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Director de concursos
Equipo Revista "Eco y latido"
UNA BUENA BIBLIOTECA
Hay seres que no sabrían vivir satisfechos sin tener una buena biblioteca como centro de gravedad de sus vuelos espirituales; y cuando hablo oralmente o por escrito de "una buena biblioteca", hago referencia a esas que no están de adorno con sus soberbios lomos de cuero y letras doradas, ocupando con su opulencia cada lugar de los estantes, como una terca colección de vanidades.
Una imagen tan triste como esa, sin siquiera una edición pobre en cuerpo pero no en contenido que rompa con la armonía monótona del resto, delata en principio el culto de la falta de interés por la lectura que descaradamente profesa su dueño; porque más allá de la calidad de los títulos, lo que ahí se está valorando es que los tonos oscuros y parejos de los libros hagan juego con los sillones o la alfombra. Lo mismo da que adentro de las tapas duras y brillosas haya hojas o ladrillos, porque ni siquiera importa que los libros estén sueltos o clavados a la madera.
Una buena biblioteca es aquella que democráticamente mezcla una edición de lujo con otra barata de tapa blanda, un libro viejo con otro nuevo, una novela con un poemario.
A los libros debe cuidárselos delicadamente, empuñando el plumero para combatir el polvo que intenta echarlos al abandono, leyéndolos sin arrugar ni manchar sus hojas, sin mutilarlos, haciendo lo imposible para que el tiempo no los amarillente…
Muchos buscan la inmortalidad encerrándose en vida el espíritu dentro de los libros que escriben. Imagínense lo tremendo que sería reconocer que las ediciones son tan mortales como los cuerpos o, lo que sería más trágico aún, como las incompresibles almas.
Lo cierto es que mientras haya una buena biblioteca, no hay muerte que valga; aunque en realidad hay una que para mí, cuando el destino lo disponga, sería reconfortante y justa: sucumbir aplastado por el peso de mis libros. En mi caso, desde el más allá —a través de esta página más duradera que mi existencia—, denominaría ese accidente: “tener una muerte digna”.
Una imagen tan triste como esa, sin siquiera una edición pobre en cuerpo pero no en contenido que rompa con la armonía monótona del resto, delata en principio el culto de la falta de interés por la lectura que descaradamente profesa su dueño; porque más allá de la calidad de los títulos, lo que ahí se está valorando es que los tonos oscuros y parejos de los libros hagan juego con los sillones o la alfombra. Lo mismo da que adentro de las tapas duras y brillosas haya hojas o ladrillos, porque ni siquiera importa que los libros estén sueltos o clavados a la madera.
Una buena biblioteca es aquella que democráticamente mezcla una edición de lujo con otra barata de tapa blanda, un libro viejo con otro nuevo, una novela con un poemario.
A los libros debe cuidárselos delicadamente, empuñando el plumero para combatir el polvo que intenta echarlos al abandono, leyéndolos sin arrugar ni manchar sus hojas, sin mutilarlos, haciendo lo imposible para que el tiempo no los amarillente…
Muchos buscan la inmortalidad encerrándose en vida el espíritu dentro de los libros que escriben. Imagínense lo tremendo que sería reconocer que las ediciones son tan mortales como los cuerpos o, lo que sería más trágico aún, como las incompresibles almas.
Lo cierto es que mientras haya una buena biblioteca, no hay muerte que valga; aunque en realidad hay una que para mí, cuando el destino lo disponga, sería reconfortante y justa: sucumbir aplastado por el peso de mis libros. En mi caso, desde el más allá —a través de esta página más duradera que mi existencia—, denominaría ese accidente: “tener una muerte digna”.
Ariel Carrizo Pacheco
Junio de 1995.
Junio de 1995.
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