anaximandro
Poeta recién llegado
Vi ayer a una anciana sentada en una banca de cemento.
La vi desde el fondo de una verdad desnuda
colgada la mirada del hueco de una ventana de cuarto piso.
La anciana jugaba con un perro
o quizá con una perra -es difícil distinguir el sexo de los perros
sin olfato de perro
y más a la distancia y a la altura-.
El perro o la perra jugaba con la anciana.
Una vara y una minúscula pelota hacían de medio de lenguaje y se entendían.
La anciana tomaba la pelotita con el extremo de la vara
y la lanzaba al aire en un movimiento ágil
que era seguido por la carrera ceremoniosa de su perro o perra en pos de la pelota.
Luego el perro o la perra regresaba a saltitos orgullosos con la pelota en el hocico,
se echaba debajo de la banca de cemento y esperaba.
Soltaba la pelota y esperaba.
La anciana jugaba a no darse cuenta
y el perro o perra jugaba a que se diera cuenta con un pequeño y nervioso ladridito.
La anciana entonces bajaba la mirada piadosa en busca de la esfera minúscula
y la escena de la pelotita surcando el espacio
y del perro o perra en pos de ella
se repetía como una ceremonia.
Yo la veía y ella la veía,
porque llamé su atención sobre la escena
y ambos la veíamos maravillados.
Ella por lo mucho que le encantan los perros,
sobre todo los de razas pequeñas,
que los hacen perfectas compañías para los fantasmas de la soledad.
Yo porque no teniendo inspiración
me conformo con la prosaica compañía de la escena tierna y dulce
de una anciana jugando con su perro o perra en un parque casi en ruinas,
lleno de basura y hojas caídas de los árboles,
sentada sobre una banca de cemento gris y estéril
a la sombra de eucaliptos y de pinos tan viejos como ella,
que me recuerda que el mundo es muy viejo también,
y gris y estéril como una banca de cemento
y que no tiene ya remedio.
La vi desde el fondo de una verdad desnuda
colgada la mirada del hueco de una ventana de cuarto piso.
La anciana jugaba con un perro
o quizá con una perra -es difícil distinguir el sexo de los perros
sin olfato de perro
y más a la distancia y a la altura-.
El perro o la perra jugaba con la anciana.
Una vara y una minúscula pelota hacían de medio de lenguaje y se entendían.
La anciana tomaba la pelotita con el extremo de la vara
y la lanzaba al aire en un movimiento ágil
que era seguido por la carrera ceremoniosa de su perro o perra en pos de la pelota.
Luego el perro o la perra regresaba a saltitos orgullosos con la pelota en el hocico,
se echaba debajo de la banca de cemento y esperaba.
Soltaba la pelota y esperaba.
La anciana jugaba a no darse cuenta
y el perro o perra jugaba a que se diera cuenta con un pequeño y nervioso ladridito.
La anciana entonces bajaba la mirada piadosa en busca de la esfera minúscula
y la escena de la pelotita surcando el espacio
y del perro o perra en pos de ella
se repetía como una ceremonia.
Yo la veía y ella la veía,
porque llamé su atención sobre la escena
y ambos la veíamos maravillados.
Ella por lo mucho que le encantan los perros,
sobre todo los de razas pequeñas,
que los hacen perfectas compañías para los fantasmas de la soledad.
Yo porque no teniendo inspiración
me conformo con la prosaica compañía de la escena tierna y dulce
de una anciana jugando con su perro o perra en un parque casi en ruinas,
lleno de basura y hojas caídas de los árboles,
sentada sobre una banca de cemento gris y estéril
a la sombra de eucaliptos y de pinos tan viejos como ella,
que me recuerda que el mundo es muy viejo también,
y gris y estéril como una banca de cemento
y que no tiene ya remedio.
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