Una noche como tantas
Y en un lugar cualquiera
Y donde el mundo quiera
En un petate un niño agonizaba
Envuelto en llamaradas de dolor
Que a su madre desgarraban
Las entrañas de su amor.
Joven ella aún, quizá 24 años.
Sola esa lluviosa noche, con su hijo
Fruto de su honor mancillado
Por la violación de un infame
Que en una noche negra como ésta,
Rasgó el velo de su virginal pureza.
De esto hacía ocho años,
el mismo tiempo, que sus padres,
del hogar la desterraron
a causa de su preñez.
¡Tener un hijo sin padre!
Delito por el que se la condenó.
¿Acaso tenía culpa de ser madre?
Si su sedienta matriz
Recibía con agrado la esperma maldita.
¡Tener un hijo sin padre!
Vaya enorme pecado.
Hoy,
después que muchos años han pasado
y en esta noche negra, tan negra como aquella
aunque distante en espacio y tiempo,
la muerte jugaba con la vida de su hijo.
Estaba sola, sola sin compañía
apenas iluminada por la débil luz de una vela
En un rincón del rancho,
sobre un camastro viejo,
su hijo gemía, gemía
y de repente gritaba:
¡Mamita me duele!
¡Me duele mucho mamita!
Ayúdame no seas malita
andá a traerme esa medicina
que dicen que me va a curar.
Aprieta los dientes por no llorar
sabiendo que no hay un centavo en el hogar
En ese instante la voz de su hijo entierra
un puñal más en su débil cuerpo de mujer:
¿Dónde está mi papito?
¿Dónde está mamita?
Es cierto que allá en cielo
Yo quiero irlo a ver.
No soportó más. Tapándose los oídos,
enloquecida por el dolor,
sale de la estancia y corre,
corre en cualquier dirección
Qué más da.
Afuera está lloviendo, noche negra
noche tenebrosa, noche de muerte.
Después de tanto correr sin rumbo,
sus ojos ven en la oscuridad una luz,
presurosa corre hacia ella.
Llega y se para ante una casa,
grita llamando que la ayuden,
que su hijo se muere.
La puerta se abre de golpe
y aparece la figura de un hombre:
A la luz de la lámpara mira sus facciones
y aunque han pasado varios años
reconoce esa cara; es él,
el hombre, violador, en aquella noche negra.
El tipo la mira con lujuria ignorando sus ruegos
ella echa a correr enloquecida
¡Es él! ¡Es él! ¡El padre de mi hijo!
Se repetía jadeando.
Corre y en su enloquecida carrera
no se da cuenta por lo oscuro de la noche
que adelante se abre un abismo.
Un grito desgarrador se ahoga entre el ruido de
la lluvia que cae y los truenos a la distancia
y la negra noche se traga los lamentos.
Casualmente la encontré por la mañana
herida de muerte agonizaba
hacía muchos años la buscaba,
mi amor había resistido la prueba del tiempo,
ocho años queriendo encontrarla
la buscaba porque nunca me importó
el hijo del otro.
Tanto la busqué y hoy casualmente la encontré,
antes estuve en el jacal y vi el cadáver del niño.
La envolví con mis brazos dulcemente,
Mi hijo musitó- ¿Dónde está?
En el cielo - respondí
¿Sabes? No te esperaba.
Quiero agua, tengo sed
Por favor dame un poco de agua.
No ves que la necesito,
Es un viaje muy largo
y voy a alcanzar a mi hijo
al más allá.
Es mi hijo y nadie me lo quitará
hoy estaremos nuevamente juntos
y sólo yo lo cuidaré.
Por ser madre me condenaron
y fue mi hijo mi único consuelo
voy a ser madre por siempre allá en el cielo.
Te agradezco que hayas venido
te agradezco tu amor,
Después de beber un sorbo de agua me dijo:
Dame un beso de despedida y me voy
Algún día te espero allá en la eternidad.
Acerqué mis labios a ella y sentí
que su aliento se escapó en un suspiro.
Su alma buscó al creador
Allá en la eternidad.
Al cerrar sus ojos
como un niño me estremecí
extrañando el amor de mi madre
a quien nunca conocí,
pues muriera por darme la vida a mí.
Los sepulté y crucé el pueblo a caballo
La gente presurosa iba por las calles
En la algarabía gritaban los niños:
Es el día de las madres.
Llegan de nuevo a mi mente sus palabras:
«Agua no ves que la necesito,
Voy a alcanzar a mi hijo,
Pues por ser madre fui condenada
Y fue mi hijo mi único consuelo
Voy a ser madre por siempre
Allá en el cielo.»
Y en un lugar cualquiera
Y donde el mundo quiera
En un petate un niño agonizaba
Envuelto en llamaradas de dolor
Que a su madre desgarraban
Las entrañas de su amor.
Joven ella aún, quizá 24 años.
Sola esa lluviosa noche, con su hijo
Fruto de su honor mancillado
Por la violación de un infame
Que en una noche negra como ésta,
Rasgó el velo de su virginal pureza.
De esto hacía ocho años,
el mismo tiempo, que sus padres,
del hogar la desterraron
a causa de su preñez.
¡Tener un hijo sin padre!
Delito por el que se la condenó.
¿Acaso tenía culpa de ser madre?
Si su sedienta matriz
Recibía con agrado la esperma maldita.
¡Tener un hijo sin padre!
Vaya enorme pecado.
Hoy,
después que muchos años han pasado
y en esta noche negra, tan negra como aquella
aunque distante en espacio y tiempo,
la muerte jugaba con la vida de su hijo.
Estaba sola, sola sin compañía
apenas iluminada por la débil luz de una vela
En un rincón del rancho,
sobre un camastro viejo,
su hijo gemía, gemía
y de repente gritaba:
¡Mamita me duele!
¡Me duele mucho mamita!
Ayúdame no seas malita
andá a traerme esa medicina
que dicen que me va a curar.
Aprieta los dientes por no llorar
sabiendo que no hay un centavo en el hogar
En ese instante la voz de su hijo entierra
un puñal más en su débil cuerpo de mujer:
¿Dónde está mi papito?
¿Dónde está mamita?
Es cierto que allá en cielo
Yo quiero irlo a ver.
No soportó más. Tapándose los oídos,
enloquecida por el dolor,
sale de la estancia y corre,
corre en cualquier dirección
Qué más da.
Afuera está lloviendo, noche negra
noche tenebrosa, noche de muerte.
Después de tanto correr sin rumbo,
sus ojos ven en la oscuridad una luz,
presurosa corre hacia ella.
Llega y se para ante una casa,
grita llamando que la ayuden,
que su hijo se muere.
La puerta se abre de golpe
y aparece la figura de un hombre:
A la luz de la lámpara mira sus facciones
y aunque han pasado varios años
reconoce esa cara; es él,
el hombre, violador, en aquella noche negra.
El tipo la mira con lujuria ignorando sus ruegos
ella echa a correr enloquecida
¡Es él! ¡Es él! ¡El padre de mi hijo!
Se repetía jadeando.
Corre y en su enloquecida carrera
no se da cuenta por lo oscuro de la noche
que adelante se abre un abismo.
Un grito desgarrador se ahoga entre el ruido de
la lluvia que cae y los truenos a la distancia
y la negra noche se traga los lamentos.
Casualmente la encontré por la mañana
herida de muerte agonizaba
hacía muchos años la buscaba,
mi amor había resistido la prueba del tiempo,
ocho años queriendo encontrarla
la buscaba porque nunca me importó
el hijo del otro.
Tanto la busqué y hoy casualmente la encontré,
antes estuve en el jacal y vi el cadáver del niño.
La envolví con mis brazos dulcemente,
Mi hijo musitó- ¿Dónde está?
En el cielo - respondí
¿Sabes? No te esperaba.
Quiero agua, tengo sed
Por favor dame un poco de agua.
No ves que la necesito,
Es un viaje muy largo
y voy a alcanzar a mi hijo
al más allá.
Es mi hijo y nadie me lo quitará
hoy estaremos nuevamente juntos
y sólo yo lo cuidaré.
Por ser madre me condenaron
y fue mi hijo mi único consuelo
voy a ser madre por siempre allá en el cielo.
Te agradezco que hayas venido
te agradezco tu amor,
Después de beber un sorbo de agua me dijo:
Dame un beso de despedida y me voy
Algún día te espero allá en la eternidad.
Acerqué mis labios a ella y sentí
que su aliento se escapó en un suspiro.
Su alma buscó al creador
Allá en la eternidad.
Al cerrar sus ojos
como un niño me estremecí
extrañando el amor de mi madre
a quien nunca conocí,
pues muriera por darme la vida a mí.
Los sepulté y crucé el pueblo a caballo
La gente presurosa iba por las calles
En la algarabía gritaban los niños:
Es el día de las madres.
Llegan de nuevo a mi mente sus palabras:
«Agua no ves que la necesito,
Voy a alcanzar a mi hijo,
Pues por ser madre fui condenada
Y fue mi hijo mi único consuelo
Voy a ser madre por siempre
Allá en el cielo.»