• MundoPoesía se ha renovado! Nuevo diseño y nuevas funciones. Ver cambios

Una Noche Maldita

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
La luna, siempre tan pródiga con su luz, decidió esconderse esa noche. Fue una noche maldita, en la que el abandono se sentía en cada rincón, en cada sombra que la oscuridad abrazaba con una frialdad despiadada. En ese instante, las estrellas también parecieron apagar su brillo, como si la bóveda celeste estuviera en duelo por un amor que había dejado de existir.

El silencio era una presencia tangible, densa, que se adhería a la piel y al alma. Cada rincón de la habitación se llenaba de una soledad amarga, de un vacío que nada podía colmar. La silla vacía frente a la ventana, la cama deshecha, los libros abiertos y abandonados a su suerte, todo hablaba de un desamor tan profundo que las palabras se negaban a salir, atrapadas en una garganta seca de tanto gritar en silencio.

Y entonces, la sangre. Brotaba de una herida invisible, de esas que no se ven pero se sienten en cada latido, en cada respiro entrecortado. Era la sangre del corazón, derramada por las traiciones y las promesas rotas, por los sueños desvanecidos en la niebla de la realidad. Fluyó como un río rojo y cálido, marcando un sendero de dolor y recuerdo.

Cada gota de sangre era un eco del amor perdido, de las noches de pasión transformadas en pesadillas de ausencia. El amor, que había sido un refugio, ahora era un espectro que atormentaba con sus caricias de antaño, con su risa transformada en llanto. La luna, cómplice y testigo de tantos encuentros, ahora se ocultaba, rehuyendo la escena de desolación.

El abandono tenía el rostro de una noche sin luna, sin estrellas. Era un abismo que se abría bajo los pies, una caída interminable en la nada. La soledad, esa vieja conocida, se instalaba cómodamente, recordando que siempre había estado ahí, a la espera, paciente, del momento en que el amor fallara. Y falló, como tantas veces, dejando tras de sí una estela de dolor y desengaño.

En esa noche maldita, las palabras de Cortázar resonaban en la mente, como un mantra de consuelo y condena. “Después de los amores viene el silencio”, había dicho. Y era verdad. El silencio se imponía con una autoridad indiscutible, llenando el espacio donde antes las risas y los susurros habían reinado.

La sangre seguía brotando, lenta y pertinaz, como un recordatorio de que el amor deja cicatrices que nunca sanan del todo. Era una noche para llorar, para dejar que la tristeza se desbordara, para aceptar que el desamor es una herida que nunca cierra por completo. La luna, escondida tras su velo de nubes, parecía entenderlo. Y en ese entendimiento, la noche se volvía eterna, una noche maldita de abandono, desamor y soledad.
 
La luna, siempre tan pródiga con su luz, decidió esconderse esa noche. Fue una noche maldita, en la que el abandono se sentía en cada rincón, en cada sombra que la oscuridad abrazaba con una frialdad despiadada. En ese instante, las estrellas también parecieron apagar su brillo, como si la bóveda celeste estuviera en duelo por un amor que había dejado de existir.

El silencio era una presencia tangible, densa, que se adhería a la piel y al alma. Cada rincón de la habitación se llenaba de una soledad amarga, de un vacío que nada podía colmar. La silla vacía frente a la ventana, la cama deshecha, los libros abiertos y abandonados a su suerte, todo hablaba de un desamor tan profundo que las palabras se negaban a salir, atrapadas en una garganta seca de tanto gritar en silencio.

Y entonces, la sangre. Brotaba de una herida invisible, de esas que no se ven pero se sienten en cada latido, en cada respiro entrecortado. Era la sangre del corazón, derramada por las traiciones y las promesas rotas, por los sueños desvanecidos en la niebla de la realidad. Fluyó como un río rojo y cálido, marcando un sendero de dolor y recuerdo.

Cada gota de sangre era un eco del amor perdido, de las noches de pasión transformadas en pesadillas de ausencia. El amor, que había sido un refugio, ahora era un espectro que atormentaba con sus caricias de antaño, con su risa transformada en llanto. La luna, cómplice y testigo de tantos encuentros, ahora se ocultaba, rehuyendo la escena de desolación.

El abandono tenía el rostro de una noche sin luna, sin estrellas. Era un abismo que se abría bajo los pies, una caída interminable en la nada. La soledad, esa vieja conocida, se instalaba cómodamente, recordando que siempre había estado ahí, a la espera, paciente, del momento en que el amor fallara. Y falló, como tantas veces, dejando tras de sí una estela de dolor y desengaño.

En esa noche maldita, las palabras de Cortázar resonaban en la mente, como un mantra de consuelo y condena. “Después de los amores viene el silencio”, había dicho. Y era verdad. El silencio se imponía con una autoridad indiscutible, llenando el espacio donde antes las risas y los susurros habían reinado.

La sangre seguía brotando, lenta y pertinaz, como un recordatorio de que el amor deja cicatrices que nunca sanan del todo. Era una noche para llorar, para dejar que la tristeza se desbordara, para aceptar que el desamor es una herida que nunca cierra por completo. La luna, escondida tras su velo de nubes, parecía entenderlo. Y en ese entendimiento, la noche se volvía eterna, una noche maldita de abandono, desamor y soledad.
Hermoso relato, con metáforas increíbles... Emociona! Saludos y Felicitaciones por el merecido reconocimiento.
 

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo (opcional) de nuestra comunidad.

♥ Hacer una donación
Atrás
Arriba