tyngui
Poeta que considera el portal su segunda casa
El hombre miró al perro que tenía a su costado izquierdo, antes de apoyar sus pies en la acera, temió por la vida del animal, que enajenado, advirtió su presencia, e intento mirarlo con esos ojos viscosos, gelatinizados.
Al perro se lo veía en el final de sus días, y aunque sombrío, este hombre quiso prevenirlo.
Cuando arremetió con un llamado de atención, solo consiguió un ladrido feroz que lo intimidó de inmediato, no obstante, volvió a intentarlo con sigilo, al observar el abundante transito que se aproximaba velozmente hacia su esquina.
Pero no supo detenerlo a tiempo, tal vez por miedo, o por falto de reflejos, no pudo demorarlo y cruzó de tranco ligero, la ancha avenida.​
Quizás quería irse de este mundo, ordenarse al ejército de la muerte, junto a su buen amigo EL NEGRO, bestia de ese vulgo, zopenco, que lo maltrataba y del que debía aguantar golpizas, hasta que el vándalo se dormía en alcohol.
El Negro lo esperaría del otro lado, seguramente para correr nuevas aventuras.
Ergo entendió la mirada de aquel viejo perro, y lo dejo a su suerte, pues por lo visto nada lo ataba a este cosmos, nada lo detendría.
Y se fue sin mirar atrás, no quiso ser testigo de ese fin.
Apenas recorrió algunos pasos, escuchó una frenada y un golpe, pero nunca un aullido, ni gritos de dolor.
aquietó su andar erguido.
después de ese sonido atronador.
Solo se limitó a seguir viaje, esbozando una sonrisa tranquila.
Al perro se lo veía en el final de sus días, y aunque sombrío, este hombre quiso prevenirlo.
Cuando arremetió con un llamado de atención, solo consiguió un ladrido feroz que lo intimidó de inmediato, no obstante, volvió a intentarlo con sigilo, al observar el abundante transito que se aproximaba velozmente hacia su esquina.
Pero no supo detenerlo a tiempo, tal vez por miedo, o por falto de reflejos, no pudo demorarlo y cruzó de tranco ligero, la ancha avenida.​
Quizás quería irse de este mundo, ordenarse al ejército de la muerte, junto a su buen amigo EL NEGRO, bestia de ese vulgo, zopenco, que lo maltrataba y del que debía aguantar golpizas, hasta que el vándalo se dormía en alcohol.
El Negro lo esperaría del otro lado, seguramente para correr nuevas aventuras.
Ergo entendió la mirada de aquel viejo perro, y lo dejo a su suerte, pues por lo visto nada lo ataba a este cosmos, nada lo detendría.
Y se fue sin mirar atrás, no quiso ser testigo de ese fin.
Apenas recorrió algunos pasos, escuchó una frenada y un golpe, pero nunca un aullido, ni gritos de dolor.
aquietó su andar erguido.
después de ese sonido atronador.
Solo se limitó a seguir viaje, esbozando una sonrisa tranquila.