Alberto Alcoventosa
Poeta adicto al portal
Una rancia capital
de provincia de Castilla,
próxima a la catedral
se abre una cafetería.
Es un lugar destacable
por su fresca bollería,
sus churros con chocolate
y rica pastelería.
Es un centro de reunión
de personas distinguidas.
Da comienzo la función
a las siete, cada día.
Tres caballeros sañudos
discuten en una mesa.
¡Están arreglando el mundo!
o, al menos, eso aparentan.
Un señor de digno porte
se suma a la discusión,
mientras atisba el escote
de la moza del rincón.
Cinco maduras señoras,
con sus vestidos de gala,
parlotean de sus cosas
en otra mesa cercana.
Camareros de etiqueta
se mueven entre el gentío
con esa fácil destreza
de quien domina el oficio.
Ruido de la porcelana,
de la vajilla de loza,
de los platillos y tazas,
cucharillas plateadas.
Conversaciones cruzadas
que se funden en la sala.
Al cabo de pocas horas,
todos se vuelven a casa.
El café se queda a solas,
y, aquí, no ha pasado nada.
de provincia de Castilla,
próxima a la catedral
se abre una cafetería.
Es un lugar destacable
por su fresca bollería,
sus churros con chocolate
y rica pastelería.
Es un centro de reunión
de personas distinguidas.
Da comienzo la función
a las siete, cada día.
Tres caballeros sañudos
discuten en una mesa.
¡Están arreglando el mundo!
o, al menos, eso aparentan.
Un señor de digno porte
se suma a la discusión,
mientras atisba el escote
de la moza del rincón.
Cinco maduras señoras,
con sus vestidos de gala,
parlotean de sus cosas
en otra mesa cercana.
Camareros de etiqueta
se mueven entre el gentío
con esa fácil destreza
de quien domina el oficio.
Ruido de la porcelana,
de la vajilla de loza,
de los platillos y tazas,
cucharillas plateadas.
Conversaciones cruzadas
que se funden en la sala.
Al cabo de pocas horas,
todos se vuelven a casa.
El café se queda a solas,
y, aquí, no ha pasado nada.