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Poeta recién llegado
Unos caminan como despreocupadas palomas azules
en vagones secretos y corredores infinitos.
Ojos de ciruelo.
Picos ligeramente curvos.
Y después de caminar por el cielo,
estas aves
cuando aterrizan
parecieran que lo hacen en el mar de Icaria.
El sol aquí arde como en ningún otro sitio.
Estamos acostumbrados a comer carne de hombres con aplétora y palomas momificadas.
Nuestra estrella solo calienta nuestra frente hasta la locura.
¡Qué importa entonces estos prados amarillos!
¡Qué importa sacar a la atmósfera nuestra lengua seca!
¡Qué importa abrir surcos en nuestra piel con nuestras uñas!
Nosotros caminamos
siguiendo las huellas de coyotes,
con quienes compartimos un banquete en la víspera,
qué habrá sido del graznido moribundo de las gaviotas
o el canto adolorido de palomas insanas.
En la mañana despertamos todos juntos y desnudos
y por la noche nos perseguimos con ojos inyectados de sangre.
Ya nos hemos cansado de comer nuestra propia carne.
El mar huele a un putrefacto león marino,
el sol camina azotando nuestro cuerpo.
Y sobre nuestras cabezas se forman
una bandada azul de palomas.
en vagones secretos y corredores infinitos.
Ojos de ciruelo.
Picos ligeramente curvos.
Y después de caminar por el cielo,
estas aves
cuando aterrizan
parecieran que lo hacen en el mar de Icaria.
El sol aquí arde como en ningún otro sitio.
Estamos acostumbrados a comer carne de hombres con aplétora y palomas momificadas.
Nuestra estrella solo calienta nuestra frente hasta la locura.
¡Qué importa entonces estos prados amarillos!
¡Qué importa sacar a la atmósfera nuestra lengua seca!
¡Qué importa abrir surcos en nuestra piel con nuestras uñas!
Nosotros caminamos
siguiendo las huellas de coyotes,
con quienes compartimos un banquete en la víspera,
qué habrá sido del graznido moribundo de las gaviotas
o el canto adolorido de palomas insanas.
En la mañana despertamos todos juntos y desnudos
y por la noche nos perseguimos con ojos inyectados de sangre.
Ya nos hemos cansado de comer nuestra propia carne.
El mar huele a un putrefacto león marino,
el sol camina azotando nuestro cuerpo.
Y sobre nuestras cabezas se forman
una bandada azul de palomas.