joblam
Poeta que considera el portal su segunda casa
Los ladridos voraces aunados a los balidos desesperantes formaron un caos en el corral. Varios perros salvajes atropellados por el hambre, mostraban ferocidad. Los colmillos ensangrentados rasgaban repetidas veces las partes blandas de un carnero moribundo. Valiente y Fanfarrón, los sabuesos hogareños, asombrados por el tropel, sumaron las voces al coro. Dentro de la casa, Jacinto el capataz, somnoliento, trasteaba en la oscuridad la escopeta cargada para enfrentar a la jauría. La luz de la lámpara alertó a los asesinos quienes en desbandada, hundieron los cuerpos en las sombras de la medianoche.
El encargado apenas encontró la cabeza del animal. La miró mientras Valiente y Fanfarrón olisqueaban lamiendo las huellas sanguinolentas. Al ver la acción, el hombre los espantó con firmes manoteos. En la lejanía aún resonaban las voces de la perrería contenta al saciar el voraz apetito. Jacinto levantó la cabeza del carnero; con parsimonia regresó a la tranquilidad del chinchorro. Afuera, los dos guardianes de la casa estaban intranquilos, descontentos. Sin embargo, echados en la entrada principal, relamían el sabor de la sangre en los hocicos.
La situación quedó trocada en rutina. El mayoral trazó una estrategia de caza; poco a poco, los canes deseosos sucumbían ante los destellos de la pólvora. Por muchos meses la batalla fue pertinaz. La plaga era difícil de exterminar. Una noche: perros moribundos; otra jornada, carneros desgarrados. En cada coto, los celadores caseros participaban y en algún descuido del cazador, alcanzaban a disfrutar de mínimas porciones del animal caído.
En el fundo La Llovizna, camino a San Joaquín, Jacinto alimentaba en forma diaria a Valiente y Fanfarrón con desechos de pollos, restos de carneros sacrificados integrados a desperdicios de cenas y almuerzos. De vez en cuando, un poco de leche recién ordeñada los hacía agitar los rabos con mucha efusividad. Bajo este régimen se veían conformes, rozagantes y prestos a cumplir la labor de fieles centinelas.
La confrontación era atenuada por el efecto devastador del plomo. Muy por el contrario, la predilección de los caninos domésticos por la sangre caliente iba en aumento. Al ver cada día al rebaño, insalivaban entretanto las lenguas jugueteaban de gusto alrededor de las trompas.
Una noche tenebrosa sin luna con visos de un fuerte aguacero, Jacinto, acostumbrado al sueño profundo, despertó sobresaltado. Oyó los berridos desesperados bañados de miedo en el redil. Previendo el suceso, buscó la escopeta más la linterna. Con extrema velocidad redujo la distancia. Ubicó con prontitud los gruñidos. No pudo creer la sorpresiva escena. Valiente y Fanfarrón imitaban con exactitud a las fieras diezmadas. El ovejero, en un gesto de exaltación intentó espantarlos. Un temor sorpresivo lo arropó cuando retrató a los desafiantes, amenazadores y combativos colmillos. Presintiendo el embate de los protegidos, titubeó un hálito. Sin embargo, levantó el arma sin un ápice de duda; con un profundo dolor dentro de sí, apretó el gatillo. El fulgor de un fogonazo rompió la vasta y avanzada oscuridad
El encargado apenas encontró la cabeza del animal. La miró mientras Valiente y Fanfarrón olisqueaban lamiendo las huellas sanguinolentas. Al ver la acción, el hombre los espantó con firmes manoteos. En la lejanía aún resonaban las voces de la perrería contenta al saciar el voraz apetito. Jacinto levantó la cabeza del carnero; con parsimonia regresó a la tranquilidad del chinchorro. Afuera, los dos guardianes de la casa estaban intranquilos, descontentos. Sin embargo, echados en la entrada principal, relamían el sabor de la sangre en los hocicos.
La situación quedó trocada en rutina. El mayoral trazó una estrategia de caza; poco a poco, los canes deseosos sucumbían ante los destellos de la pólvora. Por muchos meses la batalla fue pertinaz. La plaga era difícil de exterminar. Una noche: perros moribundos; otra jornada, carneros desgarrados. En cada coto, los celadores caseros participaban y en algún descuido del cazador, alcanzaban a disfrutar de mínimas porciones del animal caído.
En el fundo La Llovizna, camino a San Joaquín, Jacinto alimentaba en forma diaria a Valiente y Fanfarrón con desechos de pollos, restos de carneros sacrificados integrados a desperdicios de cenas y almuerzos. De vez en cuando, un poco de leche recién ordeñada los hacía agitar los rabos con mucha efusividad. Bajo este régimen se veían conformes, rozagantes y prestos a cumplir la labor de fieles centinelas.
La confrontación era atenuada por el efecto devastador del plomo. Muy por el contrario, la predilección de los caninos domésticos por la sangre caliente iba en aumento. Al ver cada día al rebaño, insalivaban entretanto las lenguas jugueteaban de gusto alrededor de las trompas.
Una noche tenebrosa sin luna con visos de un fuerte aguacero, Jacinto, acostumbrado al sueño profundo, despertó sobresaltado. Oyó los berridos desesperados bañados de miedo en el redil. Previendo el suceso, buscó la escopeta más la linterna. Con extrema velocidad redujo la distancia. Ubicó con prontitud los gruñidos. No pudo creer la sorpresiva escena. Valiente y Fanfarrón imitaban con exactitud a las fieras diezmadas. El ovejero, en un gesto de exaltación intentó espantarlos. Un temor sorpresivo lo arropó cuando retrató a los desafiantes, amenazadores y combativos colmillos. Presintiendo el embate de los protegidos, titubeó un hálito. Sin embargo, levantó el arma sin un ápice de duda; con un profundo dolor dentro de sí, apretó el gatillo. El fulgor de un fogonazo rompió la vasta y avanzada oscuridad