Viento de américa
Poeta adicto al portal
Dios ordenó que el cielo desatara su fuerza contra el hombre. Cuarenta días y cuarenta noches serían suficientes para borrar todo pecado. Era la noche ¿o día? -¡da igual!- treinta y ocho, el Sol no se veía por ningún lado. Noé lanzó, con cierta desconfianza, al cuervo para buscar tierra, regresó aterido de frío y empapado como el mar. Le pedí, entonces, que me mandara a mí -obvio no diré qué animal soy-, no sabía volar -sin alas no se puede- y nadé como desesperado. Llegué a tierra y encontré a la mujer más hermosa que existía. Estrechamos nuestros cuerpos desnudos, nos besamos toda nuestra desnudez, descansé mi cansancio en su vientre y dormí hasta el otro día. Desperté. Hicimos el amor sin preguntarnos edad, estado civil o posición preferida. Penetrada, con sus ojos fijos en los míos, a punto de estallar, adiviné la pregunta que me hizo y que yo no podía pronunciar: ¿Por esto tanta agua? Como ya lo supusieron, no regresé al arca. La tierra largamente anhelada estaba en sus pechos tiernos y pequeños. Y así fue que Noé envió a la paloma.
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