Qalat Chabir
Poeta que considera el portal su segunda casa
Juntos, callados, simples como una fruta,
donde el corazón no hierve,
aquí la lluvia insiste.
Caídas, reconocibles, las sombras gotean su mundo;
y del nuestro, sangre dulce y antiguas rimas sobre una piel distinta.
Imán y lamento, atracción fortuita
del calor hecho vidrio.
Atardecidas, navegantes, las horas
precipitan su amarillo rostro
sobre la hojarasca vencida.
Ya cobran los minutos sus extendidas ausencias:
tiernos amores de pecho en pecho,
victorias encendidas mitad del viento mitad de vida.
Aires que van y vienen,
magnitudes y cifras,
impetuosos alimentos moribundos de sales.
Juntos, callados, simples como una mano simple,
tú quizás no lo sepas,
pero aún enredan los días pequeñas luciérnagas
de bellos vuelos y mudada luz sosteniéndonos la vida.
Y en este nuevo orden,
dueño de nuestros ojos,
dueño de nuestros labios,
dueño de nuestros corazones,
anclados al río que nos secuestra a ninguna parte,
ataduras de silencios,
espejos deshonrados de muerte
ni calamidad impía viven.
En esta trama que pareciera infértil,
con arañazos de futuro,
existen tejidos de doble espina
donde las campanas danzan en huérfanas torres, cautivas,
por tal merecida dicha.
Sabes..., sabes amor?
Dulcemente mueres y renaces a tiempo
cuando al corazón hieres.
donde el corazón no hierve,
aquí la lluvia insiste.
Caídas, reconocibles, las sombras gotean su mundo;
y del nuestro, sangre dulce y antiguas rimas sobre una piel distinta.
Imán y lamento, atracción fortuita
del calor hecho vidrio.
Atardecidas, navegantes, las horas
precipitan su amarillo rostro
sobre la hojarasca vencida.
Ya cobran los minutos sus extendidas ausencias:
tiernos amores de pecho en pecho,
victorias encendidas mitad del viento mitad de vida.
Aires que van y vienen,
magnitudes y cifras,
impetuosos alimentos moribundos de sales.
Juntos, callados, simples como una mano simple,
tú quizás no lo sepas,
pero aún enredan los días pequeñas luciérnagas
de bellos vuelos y mudada luz sosteniéndonos la vida.
Y en este nuevo orden,
dueño de nuestros ojos,
dueño de nuestros labios,
dueño de nuestros corazones,
anclados al río que nos secuestra a ninguna parte,
ataduras de silencios,
espejos deshonrados de muerte
ni calamidad impía viven.
En esta trama que pareciera infértil,
con arañazos de futuro,
existen tejidos de doble espina
donde las campanas danzan en huérfanas torres, cautivas,
por tal merecida dicha.
Sabes..., sabes amor?
Dulcemente mueres y renaces a tiempo
cuando al corazón hieres.
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