Évano
Libre, sin dioses.
Obra completa en:
http://www.mundopoesia.com/foros/showthread.php?t=516379
Los siguientes versos son de una de las últimas poesías publicadas por mí en este portal: "Fuerteventura, a ver qué me ofreces / que no sea la garra gélida y atada / de este León que agoniza." Ahora, en el primer día de mi estancia, puedo ya describir algo de lo encontrado en esta isla de las Canarias.
Mucha gracia me ha hecho oír la expresión "Hasta lueguito", una despedida que yo mismo acostumbraba a decir sin saber de dónde provenía. Igualmente, me ha llamado la atención la melodiosa dicción de los majoreros, que es como se les llama y gustan llamarse a los lugareños: elevan un poco la vocal tónica y la alargan, así como la átona, aunque esta de tono más bajo, cariñoso, agudo y pausado. Todo ello lo acompañan con leves movimientos de cabeza —por lo general de arriba a abajo—, y una mirada fugaz y esquinada hacia el oyente para, a continuación, mirar el hombro y el suelo de ellos mismos; lo que al visitante novato desconcierta, sino cabrea.
Es lógica la tez morena, por el clima tropical; así como la parsimonia en el transcurrir diario de sus vidas. El clima, la apartada situación de la isla, la aridez de esta, la falta de los ajetreos que conllevan las fábricas y la dedicación a los relajados turistas contribuyen a ello; aunque últimamente la crisis y el paro han acrecentado los nervios en los habitantes de Herbania, el otro nombre de Fuerteventura. Nombre, según leí en la biblioteca de Puerto del Rosario, que viene de Bania, idioma de los que se creen los primeros moradores venidos del norte de África, de la cordillera marroquí del Atlas. Otra explicación es la de "tierra de hierba"; aunque es menos creída, ya que se hace difícil imaginar que una isla tan árida, cercana al desierto más grande del mundo como es el Sahara, hubiera estado alguna vez florida.
Los majoreros de la capital de Herbania —que es como a mí me gusta llamar a Fuerteventura—, Puerto del Rosario, son de trato agradable, como ya se habrá adivinado; pero es mejor aposentarse en la paciencia si preguntas por algún lugar en concreto, ya que la explicación puede ser, si no cómica, de dificultosa comprensión. He aquí un ejemplo:
Me he acostumbrado a leer diariamente —me falta algo si no lo hago—, por ello, mi primer día en Herbania, me levanté temprano y di un paseo en busca de la oficina de información. Una vez allí, me hice con un plano de la ciudad y pregunté al funcionario de turno —un joven alto, moreno y guapo— que me recordó al medio siglo que se abalanza sobre mí, y a mi coronilla y mi declive físico. Tras varias indicaciones rápidas en el plano fui, más o menos, por las calles que logré retener en la memoria al principio, pensando que ya preguntaría más adelante a otros lugareños, pues me di cuenta que era la primera vez que explicaba el destino de la biblioteca. Es algo común que la gente se sorprenda cuando alguien les pregunta por sitios tan extraños, lugares que requieren poner en marcha las neuronas de la improvisación.
Después de subir y volver a bajar algunas calles —las mismas— me decidí a preguntar a un señor de aspecto de jubilado, con tics nerviosos, que esperaba en un portal. Miraba a derecha e izquierda con sus ojos casi del color del agua. Su cabello cano bailaba por la contención de un baile que parecía encarcelado en el interior de un cuerpo tenso. Se puso aun más nervioso al ver acercarme adonde él estaba; bien pudiera ser por mis gafas de sol graduadas o por mi rostro sudoroso.
—Buenos días. ¿Sabe usted, por casualidad, por dónde anda la biblioteca municipal? —le pregunté.
La cara de asombro surgió al instante. Luego, tras una breve pausa y el mirar de un lado a otro, me contestó:
—Va usted muy desencaminado. Usted no es de aquí —iba a afirmar que no, pero no me dejó hablar—. Por lo que veo usted no es de aquí... Mire, tiene que ir la primera a la derecha, luego baje hasta el puerto y gire a la derecha; usted siempre por la derecha. Luego suba la cuesta de enfrente del puerto hasta la iglesia y gire a la derecha —yo, ya por aquel entonces, empezaba a pensar que si iba girando siempre a la derecha acabaría irremediablemente por volver a preguntarle otra vez a él mismo—. después de la iglesia —continuó—, vaya por el paso de peatones hasta donde está la estatua de Unamuno, creo —yo, ya me quería ir, pero la cortesía me retenía—. Pues bien, cuando encuentre a Unamuno gire otra vez a la derecha y vuelva a subir la cuesta. Y ya no le explico más, porque como usted no es de aquí, y no sabe, no puedo explicarle más.
Me despedí de tan amable señor varias veces, debido a que al principio me seguía, "Por si me perdía", algo que ya daba por sentado por las veinte o treinta calles de más que me había indicado además de las ya explicadas, y que no narro aquí por no cansar al lector.
El caso es que me encontré con la biblioteca, pero la de Arrecife, capital de la isla de al lado: Lanzarote.
¿Cómo había llegado hasta allí? No lo sé. Tuve que embarcar para retornar a Herbania. Pero no miraba yo las aguas cabreado; sino estupefacto ante lo ocurrido. Pensaba en el barco de vuelta en intentar encontrar al día siguiente a tan simpático jubilado canoso, a ver a qué isla me mandaba esa vez. Por lo menos el viaje de ida me salía gratis y bien podría ser que fuera visitando las diferentes islas de Las Canarias gracias a tan simpático señor.
Decidí tratar de encontrar otro día la biblioteca municipal de Puerto del Rosario.
Pero lo que sí encontré fue al museo de Unamuno. "Algo es algo", me dije tras reiterar para mí las gracias al señor de las indicaciones mágicas.
Curiosamente, el portero del museo era el mismísimo Unamuno. Era de bronce, eso sí, pero les aseguro que esa estatua tan real contiene al cuerpo y al alma del filósofo y poeta español. Yo lo sé porque poseo cualidades sensoriales extraordinarias, como un médium, o un vidente de esos. No debería extrañarles después de lo del viaje a Lanzarote.
Como les decía, Unamuno estaba de portero en su museo. Fui incapaz de darle la mano derecha porque la suya sujetaba a un libro abierto, que por aquellas casualidades de la vida también era de bronce. A pesar de ello, le pregunté si quería que le pasara la página, ya que debía ser la misma durante décadas. "Eres un mentecato —me contestó—. ¿No ves que el libro es también de bronce?". No quise responderle, por educación y porque cuando me lo encontré se me erizaron los vellos del cuerpo de tanto respeto que le tengo; pero le di una patada en la espinilla, aprovechando que no paseaba nadie por las cercanías, unos alrededores formados por la iglesia blanca de enfrente y su plaza. "Lo dicho, eres un pobre mentecato, y un idiota —volvió a insultarme—. Te harás daño al final".
Después de pensar un poco, quise calmarme y pensar un poco más, pues la estatua tenía razón. Mientras meditaba, intenté pellizcarle los codos. Resoplando me dijo que dejara de hacer el vaca-burra y que entrara en el museo, que hacía mucho que no lo visitaban ni los ladrones.
Penetré al museo por la puerta (como es lo normal) mirándolo de reojo, despacio, observando las vigas de madera que sujetaban al alto techo y, de vez en cuando, los psicodélicos cuadraditos del suelo blanquinegro. También andaba lento porque no quería ser descubierto; pero era imposible: los zapatos chirriaban una barbaridad a cada paso, tanto, que en un instante se asomaron a la puerta varias cabezas de transeúntes que estaban lejísimos de allí, pero que acudieron raudos a ver qué ocurría en tan curioso lugar. Cuando se dieron cuenta que era un museo y no había muerto nadie se marcharon decepcionados. "No haga tanto ruido, ha asustado a toda la ciudad", dijo alguno en vez de despedirse. "¿Dónde compró esos zapatos?", me preguntó Unamuno entre risas. "En las rebajas; y me costaron doce euros, pa que lo sepa", le contesté.
Me descalcé y continué la visita por el Antiguo Hotel de Fuerteventura que, según rezaba en el panel del zaguán, fue lugar de acogida en el destierro que Unamuno sufrió en el año de 1.923, tras ser cesado de la cátedra de Salamanca por el general golpista Primo de Rivera. "Me alegro", le grité al ahora portero-poeta. "Mentecato, robagallinas, asaltatrenes", me gritó él.
En estas diatribas filosóficas estábamos el poeta de bronce y yo cuando acudió la bibliotecaria del museo que, no sé por qué, no acudió cuando el escándalo de mis zapatos.
La funcionaria, de edad madura y rostro endurecido, me vio con los zapatos en las manos y discutiendo a gritos con la estatua de la puerta. "¡Haga usted el favor de comportarse, que esto es un museo; y cálcese y cuidado con lo que toca y hace, que tenemos cámaras de vigilancia!". Y tal como vino se marchó la bibliotecaria; pero volvió al momento para decirme que estaba bien, que me quitara los zapatos y que no volviera más por allí, y menos con ese calzado.
En las diferentes habitaciones del Hotel-museo: en la enorme cocina, en el dormitorio, en el hall, en la sala de estar (que no sé si es lo mismo que el hall ese), en los estrechos pasillos, en el patio interior cuya escalera bajaba a una bodega invisible; en el descomunal cuarto de baño... en todos los cuartos, el diferente mobiliario: baños, lavabos, cuadros, teléfono, floreros, jarrones, cortinas, tablas de madera de algunos suelos y techos, jarras vasos, platos... todos, absolutamente todos los objetos, se divisaban pequeñitos, como en la lejanía, casi la misma distancia que hubiera desde el ahora hasta el 1.923. Y en la entrada de cada habitación, al lado de la puerta, una poesía de Unamuno recibía al visitante; por lo general, un soneto.
Me costó varias horas, pero encontré un fallo en uno de los versos. Salí corriendo del Hotel-museo para comunicárselo al Unamuno portero. Después, en el libro de visitas, escribí: "La estatua es idiota e insolente".
Marché de allí oyendo la voz de la bibliotecaria; decía algo así como: "Para uno que viene y es...". Abracé a Unamuno antes de irme. En el fondo nos habíamos hecho amigos, entre otras cosas porque me encantaron sus poesías, frases y partes de epístolas; así como los artículos periodísticos que en el museo lucían.
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