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Vida Eterna

Antidoto

Poeta recién llegado
Hubo una vez un hombre que temía al vertiginoso paso del tiempo. Le producía pánico el hecho de no poder detenerlo: veía cada segundo como el inevitable acercamiento de su muerte.

Al comprender que era imposible frenar ese curso —al menos para alguien de su escasa inteligencia científica— ideó un plan: no detener el tiempo, sino demorarlo.

Sabía que el tiempo tiene esa cualidad extraña de volar cuando la vida es intensa, emocionante o feliz. Entonces, pensó, bastaba con eliminar de su existencia todo aquello que pudiera darle placer.

Se apartó de sus amigos, de sus amores, de sus pasiones. Cambió su trabajo, ya de por sí aburrido, por otro aún más tedioso en una fábrica. Allí, cada jornada era un suplicio: el reloj parecía un enemigo inmóvil, y él se encontraba rogando a la aguja que avanzara.

Logró lo que buscaba: una vida sin emoción alguna. Y en efecto, el tiempo transcurrió con desesperante lentitud. Las horas se hicieron días interminables, los días meses interminables, los meses años infinitos. Y así, entre bostezos, cada año se convirtió para él en un siglo.

Hasta que, un día, la muerte llegó igualmente. Lo encontró en la cama de un hospital, tras un accidente absurdo que no vale la pena explicar.

Segundos antes de morir, miró al doctor a los ojos y pronunció las palabras que quería dejar como legado. Hoy yace en algún cementerio, bajo una lápida que dice:

“La vida eterna no es vida.”
 
Hubo una vez un hombre que temía al vertiginoso paso del tiempo. Le producía pánico el hecho de no poder detenerlo: veía cada segundo como el inevitable acercamiento de su muerte.

Al comprender que era imposible frenar ese curso —al menos para alguien de su escasa inteligencia científica— ideó un plan: no detener el tiempo, sino demorarlo.

Sabía que el tiempo tiene esa cualidad extraña de volar cuando la vida es intensa, emocionante o feliz. Entonces, pensó, bastaba con eliminar de su existencia todo aquello que pudiera darle placer.

Se apartó de sus amigos, de sus amores, de sus pasiones. Cambió su trabajo, ya de por sí aburrido, por otro aún más tedioso en una fábrica. Allí, cada jornada era un suplicio: el reloj parecía un enemigo inmóvil, y él se encontraba rogando a la aguja que avanzara.

Logró lo que buscaba: una vida sin emoción alguna. Y en efecto, el tiempo transcurrió con desesperante lentitud. Las horas se hicieron días interminables, los días meses interminables, los meses años infinitos. Y así, entre bostezos, cada año se convirtió para él en un siglo.

Hasta que, un día, la muerte llegó igualmente. Lo encontró en la cama de un hospital, tras un accidente absurdo que no vale la pena explicar.

Segundos antes de morir, miró al doctor a los ojos y pronunció las palabras que quería dejar como legado. Hoy yace en algún cementerio, bajo una lápida que dice:

“La vida eterna no es vida.”
El temor al tiempo y a la muerte puede conducir a decisiones extremas que socavan la calidad de vida.

Saludos
 
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