Évano
Libre, sin dioses.
Las gotas de lluvia salpican mis zapatos nuevos.
La rodilla me duele, la acaricio bajo
la luz de farolas color nicotina; bajo
el claro de luna que la intermitencia de las nubes
deja. El viento de la noche es frío este marzo
de madrugada de Viernes Santo.
Los bares están cerrados. No hay coches.
No ladran los perros de las casas.
"Todo está en su lugar, todo está bien",
le digo a una mente que quiere unir un puzzle
inexistente. "No inventes más", le repito mientras
oigo y siento la lluvia, mientras veo palpitar
el viento en las hojas de los árboles del paseo
del centro del barrio. Los muertos, todos los muertos
mueren en Viernes Santo, pero nunca resucitan.
Dios se los lleva a todos pues todos son uno,
pequeñas partes de un Dios descuartizado hace dos mil
dieciocho años. No creo que nunca pueda volver a unirse.
"Dicen que Dios es Amor", le digo a las gotas que saltan de la acera
a mis zapatos nuevos. "Yo lo creo, lluvia, lo creo", les digo
que es Amor sin forma ni tiempo ni color. Inescrutable.
El Amor no volverá nunca, jamás podrá volver a unir sus piezas
descuartizadas. En la tele de una ventana desfila una procesión
de Viernes Santo. "La crucifixión —pienso mientras sigo
mostrando mis pensamientos a las gotas de lluvia
que continúan salpicándome—de Jesucristo en la cruz es la metáfora
de cómo el hombre eligió decir no al Amor, decir no
a Amar a los animales, plantas, piedras, agua, viento y fuego.
Jamás se unirán corderos y lobos. Los mansos no reinarán jamás.
El Amor sangra también en esa tele de cruz y lanza clavada en el costado,
de corona de espinas. De clavos. Eso eligieron
y elegirían los hombres nuevamente. Y eligen.
Y no resucitará el Domingo
porque el Amor siempre está ahí, dentro de cada uno de nosotros,
todos los días, todas las horas, todos los segundos de cada vida.
Solo hay que dejarlo salir, para que salpique nuestros zapatos nuevos.
Cada uno de nosotros somos pedacitos del Dios Amor descuartizado hace
dos mil dieciocho años. Por eso mi mente dice que jamás volverá a unirse.
Pero yo sé que no soy mi mente. Y tú también lo sabes ,si miras dentro de ti.
La rodilla me duele, la acaricio bajo
la luz de farolas color nicotina; bajo
el claro de luna que la intermitencia de las nubes
deja. El viento de la noche es frío este marzo
de madrugada de Viernes Santo.
Los bares están cerrados. No hay coches.
No ladran los perros de las casas.
"Todo está en su lugar, todo está bien",
le digo a una mente que quiere unir un puzzle
inexistente. "No inventes más", le repito mientras
oigo y siento la lluvia, mientras veo palpitar
el viento en las hojas de los árboles del paseo
del centro del barrio. Los muertos, todos los muertos
mueren en Viernes Santo, pero nunca resucitan.
Dios se los lleva a todos pues todos son uno,
pequeñas partes de un Dios descuartizado hace dos mil
dieciocho años. No creo que nunca pueda volver a unirse.
"Dicen que Dios es Amor", le digo a las gotas que saltan de la acera
a mis zapatos nuevos. "Yo lo creo, lluvia, lo creo", les digo
que es Amor sin forma ni tiempo ni color. Inescrutable.
El Amor no volverá nunca, jamás podrá volver a unir sus piezas
descuartizadas. En la tele de una ventana desfila una procesión
de Viernes Santo. "La crucifixión —pienso mientras sigo
mostrando mis pensamientos a las gotas de lluvia
que continúan salpicándome—de Jesucristo en la cruz es la metáfora
de cómo el hombre eligió decir no al Amor, decir no
a Amar a los animales, plantas, piedras, agua, viento y fuego.
Jamás se unirán corderos y lobos. Los mansos no reinarán jamás.
El Amor sangra también en esa tele de cruz y lanza clavada en el costado,
de corona de espinas. De clavos. Eso eligieron
y elegirían los hombres nuevamente. Y eligen.
Y no resucitará el Domingo
porque el Amor siempre está ahí, dentro de cada uno de nosotros,
todos los días, todas las horas, todos los segundos de cada vida.
Solo hay que dejarlo salir, para que salpique nuestros zapatos nuevos.
Cada uno de nosotros somos pedacitos del Dios Amor descuartizado hace
dos mil dieciocho años. Por eso mi mente dice que jamás volverá a unirse.
Pero yo sé que no soy mi mente. Y tú también lo sabes ,si miras dentro de ti.
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