Gonvedo
Poeta asiduo al portal
Volver porque todas las señales salen a mi encuentro
y soy memoria. He visto reflejado en el espejo
el temblor en la mirada, los ojos regresando al inicio
de ese cielo de coral tibio, aunque los sentidos se agiten
entre la nausea y un pésame, pero hay siempre un latido
que persiste como mancia. Las calles me llaman en silencio
y hay presentidos aromas de la infancia. La vida es viajera
hasta perderse buscando del destino su buena estrella.
Una ciudad me invita con sus puertas entreabiertas,
y unas primeras palabras reivindican heridas sin tiempo.
Un coro de olas como antorchas a contraluz en las paredes
mudas me devuelve a los viejos edificios casi transparentes.
Los bares abren sus branquias y muestran su botín de ánforas
y anclas. Sirenas que vienen de Abisinia encienden la noche
de escamas plateadas, y la noche, que mira hacia adentro
para despeñarse como un párpado al apagarse el cielo,
es como un barco en alta mar. El mundo, siempre
demasiado grande, parece ahora más pequeño sumergido
en un vaso de cerveza, y doy vueltas a los mapas,
y las ciudades pasan de largo, pero el corazón me aprieta a volver.
Una súplica arrastrada por la nostalgia y la melancolía de los pájaros
que caen desde las ventanas presos del vértigo que atraviesa
un mar de fallidos acordes en que la luz quiebra su sentencia.
En voces de vivos colores, escucho al leño chamuscado del amor
y al susurro de las pavesas del deseo.
Volver, pero como dice el tango.
y soy memoria. He visto reflejado en el espejo
el temblor en la mirada, los ojos regresando al inicio
de ese cielo de coral tibio, aunque los sentidos se agiten
entre la nausea y un pésame, pero hay siempre un latido
que persiste como mancia. Las calles me llaman en silencio
y hay presentidos aromas de la infancia. La vida es viajera
hasta perderse buscando del destino su buena estrella.
Una ciudad me invita con sus puertas entreabiertas,
y unas primeras palabras reivindican heridas sin tiempo.
Un coro de olas como antorchas a contraluz en las paredes
mudas me devuelve a los viejos edificios casi transparentes.
Los bares abren sus branquias y muestran su botín de ánforas
y anclas. Sirenas que vienen de Abisinia encienden la noche
de escamas plateadas, y la noche, que mira hacia adentro
para despeñarse como un párpado al apagarse el cielo,
es como un barco en alta mar. El mundo, siempre
demasiado grande, parece ahora más pequeño sumergido
en un vaso de cerveza, y doy vueltas a los mapas,
y las ciudades pasan de largo, pero el corazón me aprieta a volver.
Una súplica arrastrada por la nostalgia y la melancolía de los pájaros
que caen desde las ventanas presos del vértigo que atraviesa
un mar de fallidos acordes en que la luz quiebra su sentencia.
En voces de vivos colores, escucho al leño chamuscado del amor
y al susurro de las pavesas del deseo.
Volver, pero como dice el tango.
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