Ronald Bonilla Carvajal
Poeta recién llegado
Nada es inmutable - dijo el pájaro.
La mujer golpeó el volante,
la vi llorar sumida, sin avanzar,
en esa impaciencia del semáforo
atascando la mañana.
Después pensé
en mis lágrimas viejas
y eran apenas la garúa.
Tú apareciste,
señora de ti misma,
ojos que penden su ternura,
diciendo aquel poema
mientras caminabas
esos dos metros de misterio
con tu rebozo,
fuiste nocturna y vespertina
y toda tú la aurora.
Después caíste sobre mi papel.
Te pregunté: ¿Hemos cambiado tanto?
Acicate es la distancia,
tenaza de la desmemoria.
Tanto he dicho en tu nombre
que ya casi no te pertenezco
porque me olvidas y me das los besos
sólo cuando nos acercamos
a otras ciudades.
Yo te vi llegar; amaranto,
cerbatana,
y te vi deshacer el lazo de tus ansias,
y amarme, riachuelo encendido.
Te vi llorar también
en tu pequeño apartamento
en la ensenada,
te vi arder con mis brazos
y con mis piernas que te sujetaban,
te vi aplacando fuegos
con el fuego,
y ser mujer
en su extensión más íngrima.
Nada ha cambiado
desde que todo muta.
El pájaro cae abatido por los perdigones.
Una mujer llora clamando
desgarrada ante el parabrisas.
Tú después,
señora del camino,
vienes, intacta,
a darme el mismo abrazo,
me sonríes, me dices que soy incorregible,
donjuan de tus pecados,
pero yo como entonces
sólo quiero enamorarte,
imperturbable.
De mi libro DESPUÉS DE SOÑARTE
Editorial de la Uned, 2008