¿Y cómo muere un poeta?

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Muere un poeta en la curva de una esquina, en el instante exacto en que la luna decide que ya es suficiente. Se desdibuja como el último acorde de un jazz interminable, su voz se pierde entre el humo del cigarro y el susurro de la noche. No, no es un final trágico, es más bien un desliz, un tropiezo en el andén del tiempo.

El poeta se desintegra en partículas de palabras, en versos sueltos que se escapan entre los dedos de quien intenta atraparlos. Muy lejos lo sé, apenas un suspiro en la eternidad, un reflejo en el charco dejado por la lluvia. La vida le sobra, la muerte le ronda pero no le alcanza; él flota en ese limbo de los que nunca terminan de irse.

Nada basta, el día es una excusa, la noche un refugio. Las palabras que un día fueron consuelo, ahora son estigmas en la piel del recuerdo. Se sumerge en la orilla de los ahogados, donde las almas se encuentran y las penas se disipan. Ahí, en la intersección de los sueños rotos, el poeta entiende su destino.

En noches de plata se despoja de su sombra, deja caer el peso de su ser. No es un acto de valentía, ni de cobardía, es simplemente un hecho inevitable. La muerte del poeta no es tragedia, es metamorfosis. Las palabras que antes volaron libres ahora se convierten en cenizas, en un polvo que el viento arrastra hacia nuevos horizontes.

Decoración de verso que no cae, que se suspende en el aire como un hálito eterno. Porque el poeta no muere, se transforma, se reinventa en cada mirada, en cada lectura. Sus palabras, ecos en el túnel del tiempo, son la prueba irrefutable de su inmortalidad.

Un poeta muere, sí, pero no se va. Permanece en cada rincón, en cada silencio. Renace en la hoja en blanco, en la tinta que traza nuevos mundos. Y así, en la danza perpetua de la creación, el poeta vive, eterno, inmortal, en la palabra que nunca muere.
 
Muere un poeta en la curva de una esquina, en el instante exacto en que la luna decide que ya es suficiente. Se desdibuja como el último acorde de un jazz interminable, su voz se pierde entre el humo del cigarro y el susurro de la noche. No, no es un final trágico, es más bien un desliz, un tropiezo en el andén del tiempo.

El poeta se desintegra en partículas de palabras, en versos sueltos que se escapan entre los dedos de quien intenta atraparlos. Muy lejos lo sé, apenas un suspiro en la eternidad, un reflejo en el charco dejado por la lluvia. La vida le sobra, la muerte le ronda pero no le alcanza; él flota en ese limbo de los que nunca terminan de irse.

Nada basta, el día es una excusa, la noche un refugio. Las palabras que un día fueron consuelo, ahora son estigmas en la piel del recuerdo. Se sumerge en la orilla de los ahogados, donde las almas se encuentran y las penas se disipan. Ahí, en la intersección de los sueños rotos, el poeta entiende su destino.

En noches de plata se despoja de su sombra, deja caer el peso de su ser. No es un acto de valentía, ni de cobardía, es simplemente un hecho inevitable. La muerte del poeta no es tragedia, es metamorfosis. Las palabras que antes volaron libres ahora se convierten en cenizas, en un polvo que el viento arrastra hacia nuevos horizontes.

Decoración de verso que no cae, que se suspende en el aire como un hálito eterno. Porque el poeta no muere, se transforma, se reinventa en cada mirada, en cada lectura. Sus palabras, ecos en el túnel del tiempo, son la prueba irrefutable de su inmortalidad.

Un poeta muere, sí, pero no se va. Permanece en cada rincón, en cada silencio. Renace en la hoja en blanco, en la tinta que traza nuevos mundos. Y así, en la danza perpetua de la creación, el poeta vive, eterno, inmortal, en la palabra que nunca muere.
Muy profundo y renovado.

Saludos
 
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Prosa del MES


(Seleccionada por la administración entre las propuestas remitidas por moderadores y/o usuarios)


Muchas FELICIDADES
MUNDOPOESIA.COM
 
Muere un poeta en la curva de una esquina, en el instante exacto en que la luna decide que ya es suficiente. Se desdibuja como el último acorde de un jazz interminable, su voz se pierde entre el humo del cigarro y el susurro de la noche. No, no es un final trágico, es más bien un desliz, un tropiezo en el andén del tiempo.

El poeta se desintegra en partículas de palabras, en versos sueltos que se escapan entre los dedos de quien intenta atraparlos. Muy lejos lo sé, apenas un suspiro en la eternidad, un reflejo en el charco dejado por la lluvia. La vida le sobra, la muerte le ronda pero no le alcanza; él flota en ese limbo de los que nunca terminan de irse.

Nada basta, el día es una excusa, la noche un refugio. Las palabras que un día fueron consuelo, ahora son estigmas en la piel del recuerdo. Se sumerge en la orilla de los ahogados, donde las almas se encuentran y las penas se disipan. Ahí, en la intersección de los sueños rotos, el poeta entiende su destino.

En noches de plata se despoja de su sombra, deja caer el peso de su ser. No es un acto de valentía, ni de cobardía, es simplemente un hecho inevitable. La muerte del poeta no es tragedia, es metamorfosis. Las palabras que antes volaron libres ahora se convierten en cenizas, en un polvo que el viento arrastra hacia nuevos horizontes.

Decoración de verso que no cae, que se suspende en el aire como un hálito eterno. Porque el poeta no muere, se transforma, se reinventa en cada mirada, en cada lectura. Sus palabras, ecos en el túnel del tiempo, son la prueba irrefutable de su inmortalidad.

Un poeta muere, sí, pero no se va. Permanece en cada rincón, en cada silencio. Renace en la hoja en blanco, en la tinta que traza nuevos mundos. Y así, en la danza perpetua de la creación, el poeta vive, eterno, inmortal, en la palabra que nunca muere.
Felicidades por el reconocimiento.

Saludos
 

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