Pathétique
Poeta recién llegado
Las primeras veces que te encontraba el corazón se me salía del pecho, la emoción incontenible, la sonrisa pronunciada y mis ojos se llenaron de luz, de ilusiones de niña. Alimentaste cada una de mis fantasías, nombraste constelaciones con mi nombre, el cual adorabas, al que honores le brindabas, incluso que en tu cuerpo marcabas. Hubo risas, hubo canciones, hubo momentos que te sentía junto a mí, dejando de lado las razones, pues la distancia siempre nos mantuvo separados pero la poesía trascendió los espacios no andados.
Conforme el tiempo pasó la edad nos fue alcanzando, la muerte y la enfermedad sobre tu cabeza se posaron y yo no sabía por qué te alejabas, desconocía las batallas que la vida te trajo. ¡Oh, tú siempre has luchado! ¡Siempre estuviste entre el suelo y lo que hay más abajo! ¡Saliste del limbo, renovado!
Hasta que un día bajaste la guardia, entonces te fuiste en picada.
Te entregaste a los demonios disfrazados de placeres y con los párpados entrecerrados lo que tallaste, no solo en tu piel sino en el alma, era que la tristeza nunca se acaba. Esas últimas palabras en la agonía de otro artista, agonía que ahora era la sombra a tu espalda. La luz que encendías en mi mirada no se desvaneció pero te ocultabas a ella, como si no quisieras que te amaran. No conforme con cavar tu propia tumba construiste el mausoleo que te habría de conmemorar, los muros hechos de poesía y escogiste la figura del ángel que habría de custodiar.
Las últimas veces que te encontraba el corazón se me salía del pecho, la desesperanza, la frustración y la sonrisa borrada, los ojos ensombrecidos, los sueños rotos, noches sin estrellas y un silencio estremecedor era el ambiente que nos rodeaba. De tus últimas estocadas recuerdo que dijiste que no me extrañabas porque no me sabías olvidar.
Y te creí.
Por eso escribo esto, porque el eco de esas palabras no me deja seguir.
Conforme el tiempo pasó la edad nos fue alcanzando, la muerte y la enfermedad sobre tu cabeza se posaron y yo no sabía por qué te alejabas, desconocía las batallas que la vida te trajo. ¡Oh, tú siempre has luchado! ¡Siempre estuviste entre el suelo y lo que hay más abajo! ¡Saliste del limbo, renovado!
Hasta que un día bajaste la guardia, entonces te fuiste en picada.
Te entregaste a los demonios disfrazados de placeres y con los párpados entrecerrados lo que tallaste, no solo en tu piel sino en el alma, era que la tristeza nunca se acaba. Esas últimas palabras en la agonía de otro artista, agonía que ahora era la sombra a tu espalda. La luz que encendías en mi mirada no se desvaneció pero te ocultabas a ella, como si no quisieras que te amaran. No conforme con cavar tu propia tumba construiste el mausoleo que te habría de conmemorar, los muros hechos de poesía y escogiste la figura del ángel que habría de custodiar.
Las últimas veces que te encontraba el corazón se me salía del pecho, la desesperanza, la frustración y la sonrisa borrada, los ojos ensombrecidos, los sueños rotos, noches sin estrellas y un silencio estremecedor era el ambiente que nos rodeaba. De tus últimas estocadas recuerdo que dijiste que no me extrañabas porque no me sabías olvidar.
Y te creí.
Por eso escribo esto, porque el eco de esas palabras no me deja seguir.
-Pathétique
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